Y les tocó a los suplentes. Opinión sobre el segundo debate

La responsabilidad del ciudadano ante las Elecciones Generales

Con el correr de los años y la consecuente entrada en la madurez (tengo 34 años), me convenzo más y más de que, independientemente de si es bueno o mal, práctico o absurdo, como ciudadano tengo la obligación de estar al corriente sobre los temas políticos de mi país. El descontento pasivo de la mayoría de nosotros (en el que me incluyo) ante los abusos de la clase política, la inacción de ésta frente a situaciones que precisan de una respuesta clara o ante su decisión de mermar los derechos sociales adquiridos históricamente con tanto esfuerzo, no conduce a otra cosa que no sea a la perpetuación del escenario actual.

Como ciudadanos deberíamos tener la obligación de atender la vida política del país con más interés, de ver los debates electorales aunque su formato y su contenido no nos satisfagan, de leernos los programas electorales de los diferentes partidos aunque sean sólo los puntos sobre las políticas que más nos interesen y aunque estemos convencidos de antemano de a quién queremos votar. Y sobre todo ejercer nuestro derecho de sufragio con una conciencia de responsabilidad. ¿A qué me refiero con esto último? Pues sencillamente a votar en conciencia, no por inercia.

Mientras nuestro sistema electoral y de gobierno sea el que es y mientras los políticos que gobiernan nuestras vidas sean los que son, no nos queda más remedio que aceptar estas reglas del juego. Pero lo importante es, al menos, jugar. Porque si además de quejarnos y de rechazar el sistema actual no participamos en él, ¿qué sentido tiene quejarse? No me refiero a aceptar al sistema de por sí, sino a hacer un uso propio del sistema para cambiarlo. Pues es tarea titánica (por no decir utópica o sencillamente imposible) querer cambiar desde cero un sistema establecido, como es el modelo democrático que tenemos hoy en día, que cambiarlo usando el mismo sistema. Es decir, desde dentro.

En mi anterior comentario abogaba por la necesidad de interrumpir la alternancia en el Gobierno de los partidos PSOE y PP. Pues bien, la única forma de hacerlo es ir a votar el 20N.

El debate a cinco

Para ello es preciso conocer a las demás fuerzas políticas, saber quiénes son sus candidatos y cómo actúan. Y una oportunidad para ello se dio en el debate de ayer en el que participaron, además del PSOE y PP, los representantes de IU, CiU y PNV.

Como siempre que empiezo a ver un debate entre candidatos al Gobierno, lo hago con mucha expectación y termino francamente decepcionado. Pero si soy sincero y justo, tampoco sé muy bien qué es lo que debería ocurrir en dicho debate para que a su término me hubiera quedado una sensación de clara satisfacción. Las promesas de los candidatos son o suelen ser sólo palabras edulcoradas para captar el voto de los indecisos y para reafirmar aquél de los más fieles, pero son sólo eso, palabras cargadas de un claro afán de convicción, no de la intención de llevar a cabo lo que dicen. La habilidad de dejar en evidencia al contrincante nos puede entusiasmar cuando lo hace nuestro candidato, pero esto no significa que siempre tenga razón o esté libre de otras culpas. Que un político tenga una mejor prestancia y oratoria no es garantía de que vaya a realizar un mejor gobierno, etc. Así que, ¿para qué sirve el debate? Pues persistiendo en mi intento de objetividad diría que sólo sirve para ellos, los candidatos, que tienen una oportunidad más para la captación de votos. El votante convencido es difícil que cambie de opinión, el votante hastiado probablemente cambie de canal a la primera y el votante indeciso, quizá una pequeña parte, logre decantarse por uno u otro.

Sin embargo, pienso que la celebración de estos debates son necesarios.

Respecto al debate de ayer, lo primero que me llamó la atención fue la nueva aparición de representantes del PSOE y el PP en las figuras de Ramón Jáuregui y Alberto Ruiz Gallardón, que tuvieron por tanto, como formación política, no sólo el privilegio de un primer debate único y exclusivo entre dos, sino también ayer la posibilidad de aparecer una vez más en los televisores de todos los españoles. No me pareció justo el debate del lunes ni tampoco me pareció bien que ayer asistieran al segundo debate. Este detalle, uno más de muchos, me hace reafirmarme en que nuestra democracia tiene aún mucho que recorrer para ser una democracia plena. No nos vendría mal mirar de vez en cuando fuera para ver cómo lo hacen en otros países, como Noruega, donde al parecer los debates se realizan con todos los candidatos de los principales partidos.

Los candidatos

De lo ocurrido ayer destacaría nuevamente la vehemencia y la excesiva gesticulación de Ramón Jáuregui, aspectos que me recordaban al aparente nerviosismo de Rubalcaba ante Rajoy. Aunque Jáuregui me resultó uno de los mejores oradores de los cinco que se sentaban a la mesa, me parece que a veces hablaba con demasiada energía, dando la sensación de estar a la defensiva e incluso perdiendo el control como cuando se le escapó una frase en la que afirmaba explícitamente que el PP ganaría las elecciones.

Gallardón estuvo sólido como un bloque de hormigón, quizá demasiado hierático, rígido, excesivamente monótono en la articulación. Me pareció que fue el que mejor dominó los nervios y el que supo manejar la tensión del momento con más calma.

Respecto al señor Pere Macias (CiU), me resultó difícil de entender en buena parte de su intervención debido a su pobre vocalización. Fue quien más tiró para su terreno en la contienda del debate, sacando una batería de temas que no fueron replicados por sus contrincantes, dejándolo así en cierta forma marginado.

Josu Erkoreka (PNV) fue, a mi juicio, quien mostró poseer la mejor oratoria, quien argumentó con ideas precisas y bien construidas y quien entró al trapo de los argumentos contrarios con mayor afán de debatir.

Gaspar Llamazares (IU) fue el que habló sin pelos en la lengua, una estrategia que podría ser más efectiva en otros escenarios, pero que creo que en el debate de ayer le sirvió para granjearse (una vez más) la etiqueta de «radical cabreado». A su favor diría que fue el único que tocó la esencia del problema de recuperación de la crisis en España, es decir, la aplicación de medidas restrictivas de ajuste para el grueso de la población frente a las inexistentes medidas que se han diseñado para los pudientes. En su contra debo decir que se le notaba enfadado (probablemente por el poco caso que recibe él y su partido en los medios de comunicación y por el castigo al que es sometida su fuerza política con la actual Ley Electoral), pues en muchas ocasiones las cámaras le sacaban mirando al techo, con los brazos cruzados o resoplando.

Para terminar me gustaría comentar que a pesar de tratarse de un debate a cinco yo echo de menos que no se hubiera invitado a los representantes de los partidos del Grupo Mixto (y sí de nuevo al PSOE y al PP). Pero sobre todo, la parte más lamentable la protagonizó, a mi juicio, el tono cabreado y de chulería de Rosa Díez. Ah, y sus chiringuitos.

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