Regreso a España, regreso al país de Fernando VII

«Aquí no hay más que chulos y señoritos juerguistas. El chulo domina desde los Pirineos hasta Cádiz…; políticos, militares, profesores, curas, todos son chulos con un yo hipertrofiado […] Cuando estoy fuera de España quiero convencerme de que nuestro país no está muerto para la civilización; que aquí se discurre y se piensa, pero cojo un periódico español y me da asco; no habla más que de políticos y de toreros.»

El árbol de la ciencia, Pío Baroja 1911

Pues sí, dentro de un par de semanas acaba una etapa importante de mi vida: regreso a España para quedarme definitivamente. Es cierto que alguien como yo, pronto para hacer las maletas y para subirse a un avión y con un trabajo que le permite la movilidad no conoce el concepto de «residencia definitiva», por lo que es posible que en un tiempo indeterminado me vea de nuevo en un avión con dirección quién sabe adónde. Pero esto sólo ocurrirá en un caso extremo, es decir, si por los motivos que fueren mi esposa y yo no conseguimos hacernos un hueco en la sociedad española; si ella no consigue un trabajo que cumpla con sus expectativas en un tiempo razonable; si los papeles de residencia y trabajo llegan relativamente pronto y sin complicaciones; si el nivel de vida español con esos sueldos de chiste y esos precios «escandinavos» de las cosas y de los servicios nos permiten llevar una vida modesta, pero tranquila. Queremos llegar a España para ser felices. ¿Lo conseguiremos?

Quiero ser positivo, pero la verdad es que tengo mis serias reservas. La situación en España no puede ser menos halagüeña. De hecho, desde que tengo uso de razón, creo que mi país vive el peor momento de su historia reciente (y de la mía, pues tengo 33 años, es decir, soy hijo de la Democracia). Ahora España se encuentra en el punto de mira de las agencias de calificación, del FMI, del Banco Central Europeo, de los comentarios en materia de recortes y ajustes en las políticas sociales y su inesperada y firme reacción de gran parte de la ciudadanía con los actos del 15M, de las noticias sobre la prima de riesgo y la deuda pública y fue mencionada en el reciente pronóstico de Obama que afirmaba que la caída por el precipicio, es decir, la nueva crisis, empezaría por España.

Todas estas cuestiones que acabo de mencionar son, al fin y al cabo, problemas motivados en gran medida por agentes externos. Lo que más me preocupa es la salud mental de nuestra clase política, que me da la sensación de que se ha agravado en los últimos años. España malvive inmersa en ataques a la sanidad y a la educación, y en la típica vorágine previa a las elecciones generales, una parte del país teme que cuando el PP llegue al gobierno, éste se dedique a deslegislar lo legislado en plan revancha, poniendo en su punto de mira cuestiones tales como el matrimonio homosexual, la Ley de memoria histórica, el impuesto de patrimonio, entre otros asuntos.

Me preocupa que en mi país vaya a gobernar un partido sumido en tantos y graves casos de corrupción. Pero si soy justo, también me preocupa mucho esta legislatura de Zapatero, en la que como ciudadano he sentido más y mejor que nunca como mi presidente es un pelele a manos de los mercados, las agencias de rating, los gobiernos jefe de la Unión Europea, los bancos y los lobbys de presión. Pero es distinto ver las cosas desde el otro lado de la barrera. Yo he contemplado el trascurso de la vida política, social y pública en general desde la distancia de un país extranjero, algo que me ha ayudado a sacar a veces mejores conclusiones y a veces sentir la indiferencia ante cuestiones importantes porque «como estoy lejos no me atañen». Ahora estoy a punto de aterrizar en España para quedarme y todo lo que ha cambiado para bien y para mal durante estos años míos en el extranjero me afectará directamente.

El que haya estudiado un poco de historia sabrá que estos rifirrafes políticos que tan a menudo tan fácil se transfieren a las barras de bar, esta actitud endémica de enfrentamiento y revanchismo y odio barato que huelo a todos lo niveles, desde la misma clase política que los alienta hasta en las conversaciones entre ciudadanos de a pie, son una especie de tradición que viene de antiguo. Yo no soy historiador ni historiógrafo, pero he leído algunas cosas muy interesantes de la historia de España y una de ellas y que viene mucho a cuento es que no me puedo olvidar de Fernando VII. Fue con este rey infame y cobarde y traidor (el Rey Felón, como lo llamaban), que destronó a su propio padre el rey Carlos IV, vivió un exilio forzado pero lleno de todo lujo mientras los franceses arrasaban el país y coqueteó con la idea de unirse a Napoleón, a quien le hacía descaradamente la pelota, cuando comenzó una etapa en la historia de España que en cierta medida aún sigue vigente: la polarización del país en dos bandos enfrentados e irreconciliables, es decir, progresistas y liberales. Cuando en 1814 el pueblo español, después de un tremendo sacrificio de vidas humanas y sufrimiento, terminó de hacer el trabajo sucio que atañía al mismo rey Fernando VII expulsando a los franceses de manera definitiva, y tras un alarde de progreso aprobó una de las constituciones más aclamadas de la historia de España como es la Constitución de 1812, el rey infame regresó de su exilio regio, se volvió a encaramar en el trono, abolió la Constitución de 1812 y reinstauró el Absolutismo. Es decir, que mientras toda Europa comenzaba a deshacerse de las rancias capas de marta y armiño, de las agobiantes golas y de los cetros regios de pesado oro y aprobaba la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, constituía poco a poco estados basados en asambleas y daba carpetazo definitivo al mundo feudal, España daba un giro de 180º para sumergirse nuevamente en ese mundo autoritario rancio y de férrea jerarquía horizontal.

Por las consecuencias que esto acarreó se puede decir que ésta es una de las etapas más tristes de la historia de España. Justo en el momento en el que el pueblo tenía la oportunidad de, al igual que Francia, sentar las bases de un estado más justo, llegó Fernando VII para echarlo todo por tierra. Mientras que gran parte de las monarquías absolutistas de Europa desaparecían o permitían la constitución de parlamentos en los que se tomaban de manera democrática las decisiones importantes del país, España volvió a las sombras del Absolutismo y se encerró en una especie de urna de cristal opaco de la que, creo, aún no hemos salido. Fernando VII fue quien inició un proceso de retrotraimiento del que estoy convencido aún persisten ciertos elementos. ¿Qué ocurrió después del Rey Felón? Pues que a su decisión de volver al pasado hay que añadirle un nuevo ingrediente: ciertos sectores de la sociedad española, los liberales, había sentido ya la ilusión de ver aplicadas sus ideologías con la Constitución de 1812, que, repito, fue una de las más avanzadas y equilibradas de la historia. Entre ellos también se encontraban todos aquellos que habían luchado contra los franceses, que es lo mismo que decir contra el imperialismo de Napoleón y por ende contra todo aquello que tenía cierto tufo monárquico. Es decir, empezó a haber gente firmemente opuesta a la corona; es más, que estaba convencida de que el mundo podía ser infinitamente mejor sin ella. Con Fernando VII se gesta el germen de la política bipolar, la de las dos Españas, con los enfrentamientos entre conservadores y liberales. ¿Nos va sonando el tema? Si seguimos repasando la historia y avanzamos década a década por el siglo XIX comprobamos cómo el Absolutismo comienza a suavizarse hasta desaparecer, pero para ello hay que llegar casi hasta finales de dicho siglo y hay que tener en cuenta que durante ese lento proceso se desarrollan tres guerras civiles, las llamadas Guerras Carlistas, en las que se enfrentan los promonárquicos, es decir, los carlistas, contra los liberales, los que apoyaban a Isabel II. Curiosidades de la historia, Isabel II era hija de Fernando VII y aún con todo, fue quien estaba a favor de ceder poder monárquico a una asamblea constituyente. La última mitad del siglo XIX no es otra cosa que la alternancia de gobiernos conservadores y liberales en los que los unos deshacían siempre lo que los otros hacía durante su período legislativo. Esto ya sí que nos tiene que resultar conocido.

Con el permiso de los especialistas en la materia, casi me atrevería a decir que estos ciclos repetitivos y absurdos llegan hasta la Guerra Civil, con lo que estamos hablando de más de un siglo de enfrentamientos irracionales y gratuitos que no hicieron más que ahondar en el odio al que no es de los míos, en la creación de fuertes sentimientos de filiación irrazonables que, además, gracias a la Guerra Civil y al período de Dictadura Franquista no sólo subsisten hasta hoy, sino que penetrado aún más profundamente en los sentimientos de las gentes, en el acervo nacional.

Es curioso que aunque España como país lleva siglos constituido en la demarcación territorial que conocemos no está más unida en las mentes de sus ciudadanos que por ejemplo la Italia que lleva unida desde hace tan sólo 150 años (su unificación fue en 1861). El ejemplo de Italia es útil porque el que conoce un poco de su historia sabe que este país ha estado ocupado a lo largo de los siglos innumerables veces y por tiempos prolongados (por los españoles incluso), y que actualmente, las diferencias de mentalidad, lingüísticas, de costumbres y hasta culinarias permiten afirmar que se trata de uno de los países unificados más heterogéneos. Un italiano del norte tiene más en común con un suizo, un francés o un austriaco que con un italiano ya no sólo del sur, sino del centro.

Yo, como español, me atrevo a afirmar que actualmente en la cabeza de los españoles no tenemos ese sentimiento de pertenencia a una única nación rica y diversa, y la culpa es en gran parte de los políticos, que desde sus atriles llevan demasiado tiempo alentando un enfrentamiento dialéctico que ha calado en los ciudadanos. Un enfrentamiento motivado por la captación de adeptos a su causa, por la intención de fidelizar a su hinchada, por las ansias de convencer al indeciso de que su posición es la correcta y no sólo por eso, sino porque pretenden convencer de que la posición del contrincante político está viciada, es insuficiente, errónea e incluso peligrosa.

Después de muchos años en el extranjero estoy a punto de regresar a España de manera definitiva y en lugar de sentir la emoción y la alegría típicas del regreso a casa lo primero que me viene a la cabeza al saber cómo está España es la imagen Fernando VII y todo lo que representa. La verdad es que siento una profunda inquietud por lo que me vaya a deparar el futuro a mí y a mis conciudadanos allí.

*** Adenda ***

Fernando VII pintado por Goya

Fernando VII pintado por Goya

De la Wikipedia:

Llano en el trato, Fernando VII era un hombre inteligente y astuto, que llegó a traducir del francés la Historia de las Revoluciones de la República Romana, del abad René de Vertot. Tenía no obstante poca curiosidad y escasa altura de pensamiento. Todos los que lo conocieron certificaron su falacia, doblez, cobardía y falta de interés por los asuntos de Estado, que prefería abandonar en sus ministros. Sumamente introvertido, hablaba y reía poco; si acaso, y como por excepción, para dejar de manifiesto su humor cruel. Sus aficiones eran de lo más mundano y prefería rodearse de gente ordinaria y vulgar. Su mayor pasión eran los toros. Pese a todo, era un hombre cultivado, amante de la música y el teatro, aficionado a la lectura y hábil guitarrista.

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