¿Ha comenzado una revolución en Internet?

Yo no sé si ustedes vienen teniendo la misma sensación que yo, pero desde hace unas semanas creo percibir una intensificación en las iniciativas de los internautas (véase #nolesvotes, #anonymous, #ponteenpie, #1libro1euro entre otras muchas) por proteger la libertad y la neutralidad de la Red y el derecho al libre intercambio de cultura. Los motivos son varios; y es que en los últimos tiempos se están dando todas las circunstancias para que la gente diga basta, hasta aquí hemos llegado.

En primer lugar la Ley Sinde. El reenvío al Congreso de los Diputados de la tan denostada ley para que sea aprobada definitivamente una vez resurgida en el Senado con los votos del PSOE, su promotor, y sorprendentemente del PP y CiU, los cuales habían votado inicialmente en contra, es de seguro uno de los detonantes más importantes. La Ley Sinde, llamada técnicamente Ley de Economía Sostenible, trata de regular y de refinar el sistema económico español para hacerlo más práctico, más competitivo, más mejor (esperen, que me da la risa). Sin embargo, en su disposición final segunda (es decir, con nocturnidad y alevosía) incluye un arma que pretende luchar contra lo que los políticos llaman piratería o descargas ilegales o atentados a la propiedad intelectual. En esta disposición se regula la actividad de las páginas web y de las descargas y se prevé la creación de un instrumento sancionador conformado por una comisión de expertos denominada Comisión de Propiedad Intelectual que deja fuera del juego a los mecanismos jurídicos tradicionales. Es decir, que una vez aprobada la nefasta ley, la arbitrariedad se instalará en la regulación y sanción de los contenidos de Internet. Los responsables de las páginas web de enlaces a contenidos externos, hasta ahora eximidos en todas las causas legales porque la ley no considera delito ni el enlazar a contenidos con copyright ni, en el caso de tener contenidos protegidos por propiedad intelectual, tampoco ve delito al no existir lucro en estas prácticas, los administradores de estas páginas, digo, podrán ahora ser penalizados por esta comisión en la que figurarán personas de la industria o de las sociedades de gestión o del Gobierno de los EE UU (esto último me lo figuro yo, pero creo que no es muy descabellado). Están a punto de colar una ley innecesaria y tremendamente potente que va a poner en jaque la libertad de la Red.

Por otro lado, hace poco hemos vivido (o sufrido) la última Gala de los Premios Goya, el certamen más importante del cine español, organizado por la Academia de las artes y de las ciencias cinematográficas de España. Este año la gala tenía un aliciente: el discurso del actual presidente Alex de la Iglesia, quien previamente había anunciado su dimisión por no estar de acuerdo ni con la mencionada Ley Sinde ni con el modo (de manera unilateral) en que se ha gestionado todo el tema de la propiedad intelectual. El discurso de Alex de la Iglesia ha sido memorable, de un gran equilibrio y sinceridad pocas veces visto en un personaje público. Pero lo importante de este evento es que podía suponer un antes y un después en la concepción que tienen los propios artistas sobre el problema de los contenidos protegidos. Y aunque quizá sea pronto para afirmar que resultó un punto de inflexión ya estamos viendo algunas reacciones novedosas, por ejemplo las declaraciones del triunfador de la gala, Agustí Villaronga, director de la multipremiada “Pa negre”, quien afirmó «Si el sistema es prohibir páginas, no lo veo claro». No sé si fue el propio discurso de Alex de la Iglesia o la expectación que se creó entorno al evento, pero lo que sí parece es que cada vez más miembros de la industria se acercan a escuchar lo que los internautas (y la jurisprudencia española) llevan tratando de decir desde hace mucho tiempo, y lo que ciertos lobbies poderosos llevan tratando de tapar de forma paralela: que las descargas no son ilegales siempre y cuando no haya lucro de por medio; que las páginas de enlaces a contenidos con derechos de autor no son responsables de los contenidos mismos; que la cultura o es industria (véase el caso de los EE UU) o no lo es y es tan sólo cultura; que si hay subvenciones para hacer cine, todos los contribuyentes nos sentimos productores de todas las cintas que salen al mercado en España. ¡Que nos escuchen de una vez, coño!

Y eso fue precisamente lo que expresó Alex de la Iglesia.

Siguiendo con los motivos perturbadores de la paz ciberespacial creo que es importante mencionar la reciente revolución egipcia. Comprobar cómo un país sometido a una dictadura de 30 años sale a la calle a enfrentarse a las balas, a modo de David contra Goliat, y logra derrocar el régimen tirano produce emociones difíciles de describir. Esta revolución, ya comparada en los medios con la Revolución Francesa de 1789, no ha terminado aún ni lo ha hecho en Egipto. Los gobiernos de Argelia, Libia, Palestina, Marruecos están en alerta por si la epidemia de libertad contagia a sus ciudadanos. Como digo, ser testigo del triunfo de esta lucha desigual en pro de la igualdad y la justicia, creo, ha animado a muchos a tomar iniciativas que van más allá de la conversación de barra de bar.

Y para terminar me atrevería a decir que uno de los motivos de esta especie de revuelta internauta es que ya estamos llegando al límite que lo hace estallar todo. La gente no es tonta, aunque muchos lo parezcamos, y gracias a Internet donde el ciudadano común puede expresarse sin limitaciones en su blog, denunciar la injusticia subiendo vídeos a Youtube, organizarse en las redes sociales y compartir, nos sentimos más libres y accedemos a fuentes de información alternativas. Se acabó el mamar de la teta única, la que proporcionan los Gobiernos; ahora sabemos mejor que nunca lo que ocurre a nuestro alrededor, lo que ocurre en todo el mundo. Y lo sabemos al instante. Sabemos que la crisis global es un montaje cuando comprobamos que los grandes bancos a los que se les han inyectado liquidez con fondos públicos no sólo no tienen pérdidas sino que superan los porcentajes de beneficios de los semestres anteriores y sus directivos se reparten cuantiosas sumas en concepto de bonus por los excelentes servicios prestados. Sabemos que las grandes empresas y corporaciones prefieren correr el riesgo de ser condenadas por los tribunales a pagar cómodas multas en lugar de tener que cambiar sus agresivas estrategias comerciales o prácticas empresariales devastadoras. Sabemos que los políticos son corruptos e inmensamente incompetentes, que tienen menos poder del que creen ostentar, que la democracia es débil y que los intereses de los grupos de presión se han inoculado tanto en las venas del entramado del poder que ansiar un sistema justo y transparente de verdad se convierte en una perfecta utopía. Pero todo esto lo sabemos y ése es el primer paso.

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