Sobre el tamaño de la barra de pan y de las tazas de café

Desde el año 1996, es decir, desde hace unos 14 años, no tengo una residencia fija en un país concreto y durante esos 14 años he vivido en el extranjero aproximadamente unos 10, regresando a España una media de una vez por año. Esta regularidad me ha sido suficiente para detectar esos pequeños y a veces no tan pequeños cambios que se producen por el transcurso del tiempo, como apreciar cierto envejecimiento en el rostro de mis familiares, constatar el crecimiento de los arbustos y los árboles del parque cercano a mi casa o el aspecto mismo del barrio, con nuevos establecimientos comerciales o la ausencia repentina de los que siempre habían estado ahí. Cada vez que llegaba al hogar percibía algún cambio que ratificaba mis largas temporadas de ausencia como un susurro que me dijera al oído que el tiempo había pasado.

Pero lo que más me ha sorprendido siempre y de manera muy ingrata debo añadir, ha sido comprobar cómo durante estos 10 años se ha venido reduciendo el tamaño de la barra de pan y de las tazas de café que sirven en los bares. ¿Qué tontería, verdad? Pues a mí me ha empezado a cabrear de una forma obsesiva. Año tras año he venido comprobando cómo la barra de pan se hacía más corta y más estrecha, a la par que aumentaba el precio en tramos nada desdeñables (sobre todo desde la entrada del Euro en 2001). Y lo mismo con las tazas de café. Ahora voy a cualquier bar, pido un café con leche y me lo sirven en una taza que más parece la taza de un café expreso; un par de sorbos y a la calle.

Un día me dije que no me iba a callar. Bajé a mi panadería habitual, pedí dos barras de pan y cuando la chica me las entregó y yo las analicé, estallé de ira. Le pregunté que si le parecía que tuvieran el tamaño de una barra de pan normal, la de toda la vida. La chica se quedó muda por un momento y luego contestó que ella era una simple empleada, que no era responsable del tamaño de las barras de pan. Entonces le pedí el favor de que llamara al encargado o al dueño con el fin de hacerle llegar mi queja. Desafortunadamente para mí, el hombre en cuestión casi nunca estaba en el establecimiento. De todas formas le insistí en mi cabreo: que el pan lo hacían cada vez más pequeño y que eso me parecía una estafa. Dicho esto, salí del lugar. En el establecimiento había dos o tres clientes que se quedaron con cara de asombro ante mi actuación, pero no dijeron nada. Compraron su pan y se marcharon como si nada. Yo al menos ese día me sentí un poco más aliviado y desde entonces he pensado que no estaría mal decirle al panadero todas las veces que sea necesario que considero el tamaño de la barra de pan una pura y simple estafa.

Con la taza de café ocurre lo mismo. Antes te servían una taza en la que el contenido daba para bastantes sorbos; ahora, por un precio que crece sin parar, tiene las dimensiones de una taza de expreso italiano. Del café con leche puedo prescindir si es necesario (y para mí ya empieza a serlo). Del pan es imposible. Es un alimento básico insustituible, lo que hace de estas prácticas abusivas una maquinación maquiavélica. Podría seguir con el tamaño de los botes de champú, cada día más pequeños por un precio superior; o con las latas de atún o con las magdalenas de toda la vida o con los yogures, etc., etc.

Cuando hablo con amigos y familiares sólo unos pocos se percatan del alcance de esta situación. La mayoría están acostumbrados a ver que los precios suben, pero no se percatan de que en muchos casos, como los que denuncio aquí, además se reduce el contenido del producto. Esto ocurre en un momento en el que se están mermando los derechos de los trabajadores y de la sociedad civil en general, con mercados laborales inaccesibles e injustos, paro incipiente y recortes de derechos sociales que tanto costó conseguir.

Tenemos que despertar.

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  1. Pingback: Cuando soy extranjero en mi propio país: opinión personal de un español que ha regresado a España | La voz seca

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