La mudanza «de la muerte»

Hay pocas cosas en la vida que yo pueda odiar más que hacer una mudanza. Llevo fatal el hecho de tener que meter todo en maletas y cajas, desmontar el ordenador y el monitor, enrollar todos sus cables, vaciar los cajones, envolver cuidadosamente en plástico de burbujas la vajilla, los vasos y las jarras de cristal, buscar algún lugar donde poner los cacharros de cocina, las sartenes, las cazuelas, los coladores, los cuchillos de cocina, agrupar todos los productos de limpieza, vaciar los baños y colocar todos los productos de manera que no se extravíen, no olvidar quitar las bombillas de todos los techos y envolverlas adecuadamente, poner en una habitación todo el «material» de valor para tenerlo en todo momento localizado y que no se pierda o sea robado por el camino, poner los bártulos más voluminosos (muebles, televisión, cojines, tendedero, cajas, maletas, mesillas de noche, etc.) cerca de la puerta, procurar crear cierto orden en tan semejante caos, especialmente tener que dar de baja la línea de teléfono fija e Internet, con lo difícil que es tratar con estas empresas tan empeñadas en hacerle la vida imposible a los clientes; asimismo  lidiar con la nueva alta en el nuevo apartamento, y cuando todo está en el camión de la mudanza, subir al apartamento para revisar que todo está empaquetado y que no te dejas nada y que el apartamento está en condiciones de ser entregado. Sí odio las mudanzas.

Pero si creía que lo había visto y padecido todo en una mudanza estaba muy equivocado. El 29 de enero de 2011 nos mudamos por quinta vez en tres años. La experiencia quedará para siempre engastada en mi memoria cual tatuaje indeleble.

Hemos vivido de alquiler durante un año exacto en un apartamento del centro de Bogotá. Por primera vez inmobiliaria mediante. Las condiciones para arrendar en Colombia, o debería decir en Bogotá, son absurdamente numerosas y exigentes. Pero no desproporcionadas. Todo tiene su razón de ser y lo explicaré más adelante. Yo tuve que presentar, aparte de mis documentos de identidad (pasaporte por ser extranjero), copia de mi solvencia económica (extractos bancarios) y de la de mis codeudores (mis suegros). En total la documentación formaba un buen fajo de hojas que la inmobiliaria remitió, previo pago de 75.000 pesos en concepto de gastos administrativos, a una agencia de crédito para su estudio. Aunque técnicamente cumplíamos los requisitos de solvencia económica la respuesta de la agencia de crédito fue negativa. Aquella respuesta nos sorprendió y nos produjo un gravísimo perjuicio, pues estábamos viviendo en casa de una tía de mi novia y teníamos que salir de allí lo antes posible debido a las estrecheces. Fuimos a hablar con la inmobiliaria. Bueno, más bien a exigirle a la inmobiliaria que nos diera los motivos por los que no habíamos pasado el examen de solvencia. Hubo una conversación algo crispada, el agente inmobiliario realizó una llamada a la agencia de crédito y al colgar nos dijo que el apartamento era nuestro, que habíamos pasado el examen. Sentimos un gran alivio, pero nunca supimos por qué no habíamos pasado el examen en primer lugar ni por qué aquel cambio tan repentino de la agencia de crédito cuando habló con el agente inmobiliario.

Aunque habíamos aportado toda la documentación necesaria sólo faltaban dos trámites por salvar: primero, firmar el contrato de alquiler y, segundo, ir al apartamento con el agente inmobiliario y firmar la entrega del mismo, una vez revisado y anotados todos los posibles desperfectos. Firmar un contrato, un trámite rápido en el que sólo es necesario el interesado, un bolígrafo y el susodicho contrato. Pues no, en Colombia la firma de un contrato de arrendamiento precisa de la firma autenticada por notario junto con la huella dactilar de todos aquellos firmantes, en nuestro caso, de cuatro personas: mi novia y yo, y los codeudores, mi suegro y su esposa. El problema era que mi suegro no vivía en Bogotá. Así que no nos quedó más remedio que desplazarnos a su municipio, ir al notario, autentificar nuestras firmas y huellas dactilares y al día siguiente regresar a Bogotá y entregar el contrato.

Al principio me pregunté por qué era necesario hacer tanta vuelta para algo tan sencillo como la firma de un contrato. La respuesta la conocí poco después: para evitar el fraude. Parece que suele se habitual la suplantación de identidad o la falsificación de identidad, por lo que para evitar estos casos, las inmobiliarias obligan a los futuros arrendatarios autentificar la firma y la huella vía notario. Y es que aquí para casi cualquier trámite serio hay que pasar por un notario.

En fin, que yo aquí quería hablarles de la Mudanza «de la muerte» y me estoy enrollando con todo lo contrario, el día en que nos dieron el apartamento.

El precio del alquiler no era especialmente económico: 1.300.000 pesos, lo que equivale aproximadamente a unos 500 EUR por un piso de 72 m2, nuevo, eso sí, en el centro de la capital colombiana. Las juergas nocturnas de los vecinos eran bastante constantes y bulliciosas (realmente nunca he vivido semejantes molestias acústicas por parte de vecinos en los 10 años que llevo viviendo en el extranjero), de modo que las quejas al personal de seguridad del edificio tuvieron que ser igualmente constantes. Por otro lado, el apartamento, aunque a estrenar, sufrió pronto de roturas de tuberías y un aislamiento bastante deficiente entre otros desperfectos inusuales para una construcción nueva.

El caso es que mi novia y yo decidimos marcharnos de allí lo antes posible. Pero teníamos el contrato de alquiler que nos ataba por un año. Una tarde revisamos el contrato y comprobamos que una cláusula hablaba de la posibilidad de romper el vínculo contractual por fuerza mayor. Así que nos pusimos en contacto con la inmobiliaria vía carta y les solicitamos la rotura del contrato por anticipado (y sin penalización) debido a los ruidos y desperfectos mencionados (lo que no he mencionado es que también eran muy habituales los cortes de agua por rotura en la bomba comunal o la ausencia de agua caliente sin previo aviso y otras lindezas semejantes). La respuesta de la inmobiliaria la obtuvimos por escrito un par de semanas más tarde y fue negativa. Los llamamos por teléfono y les pedimos hablar con el dueño del apartamento directamente. Se nos negó. Pedimos una aclaración más detallada a la simple negativa a nuestra solicitud: no la obtuvimos.

Decidimos entonces aguantar y, llegado el momento, no renovar el contrato.

Una semana antes del vencimiento fuimos a las oficinas de la inmobiliaria a entregar todos los papeles exigidos para poder dejar el apartamento: pago de las últimas facturas de luz, agua, electricidad y un par de documentos más. Todo parecía estar en orden. Sin embargo, el día antes de la mudanza, el 28 de enero, fui a la administración del edificio para que me dieran el paz y salvo (un documento que confirma la inexistencia de deudas al que lo posee) y las últimas instrucciones para realizar la mudanza al día siguiente. La administradora, para mi sorpresa, me dijo que no podía dármelo porque tenía una deuda por pagar: las cuotas del calderín. ¿El calderín?, pregunté yo. Uno ha pagado religiosamente las facturas de gas y agua y ahora vienen conque hay que pagar un calderín. La deuda ascendía a 120.000 pesos y yo estaba convencido de que a mi no me correspondía el pago. Llamé a la inmobiliaria, que me dijo que sí, que me correspondía, le pedí al agente que me dijera en qué parte del contrato ponía que yo tenía que pagar eso, al cabo de un buen rato, me dijo que en la disposición transitoria final, etc. Así que sí, me tocaba pagarlo a mí. Lo pagué y fui de nuevo a la administración del edificio con el fin de obtener el necesario paz y salvo. De nuevo la administradora me dijo que no me lo podía dar porque era un documento que debía dármelo la inmobiliaria. Harto, volví a llamarlos, pero me fue imposible comunicarme con ellos. Bajé a la oficina de la administradora y le expliqué el problema, ella cogió el teléfono y a la primera ya estaba hablando con el agente inmobiliario. Faltaba que éste le remitiera a la administradora el paz y salvo y ella lo verificara con las posibles deudas que yo podía haber contraído directamente con el edificio. Hecho esto, la administradora me extendió el ansiado paz y salvo y me dio las indicaciones necesarias para realizar la mudanza:

— La salida de los enseres debe realizarse por la entrada vehicular, es decir, por el sótano. El personal de seguridad del edificio ya está enterado y no les hará preguntas. Tienen hasta las cinco de la tarde para salir, pero recuerde que está prohibido mudarse en todo Bogotá a partir de las seis de la tarde. Cuando termine, debe avisar a seguridad para que retire las fundas protectoras del ascensor. Ah, y debe abonarme 100.000 pesos en concepto de depósito por si durante la mudanza rompen algo que sea propiedad del edificio.

Pagué el depósito y subí al apartamento, que estaba hecho un auténtico caos. Esa tarde llamamos al señor del camión de la mudanza para confirmar nuestra dirección y la hora en que debía llegar, pero cuál fue nuestra sorpresa cuando nos dijo que no podía porque se había comprometido con otro cliente. Nos quedamos de piedra y empezó el estrés. Mi novia llamó a otro señor, que le dijo que también tenía otro encargo, pero que podría llegar al apartamento sobre la una de la tarde, así que le tomamos la palabra y seguimos empaquetando cosas.

Al día siguiente nos levantamos con cierta tranquilidad, pues no esperábamos al camión hasta después del almuerzo. Desayunamos y proseguimos empaquetando. Cuando dieron la una llamamos al señor. Éste nos dijo que todavía se encontraba con el otro cliente, fuera de Bogotá, pero que calculaba estar en nuestra casa antes de las tres de la tarde. Confiamos en su palabra y continuamos organizando cajas, maletas y bolsas. A las tres de la tarde volvimos a llamar al señor, que nos dijo que estaba entrando a Bogotá en ese momento. ¡Entrando a Bogotá en ese momento! Para los que no lo sepan, Bogotá es una ciudad gigantesca que alberga a más de 8 millones de habitantes y que no se caracteriza precisamente por una movilidad y un tráfico fluido. Me puse al teléfono y le dije cuatro cosas bien dichas al buen señor. Ya estaba perdiendo los nervios, teníamos todo prácticamente listo para bajar, pero sólo llevar las cosas hasta el sótano podía emplearnos más de 1 hora. El señor dijo que confiáramos en él, que iba a llegar. Yo le contesté que si sabía que no podíamos salir de nuestro edificio pasadas las cinco y que si sabía que no podíamos circular con una mudanza por Bogotá pasadas las seis y que si sabía que tampoco podíamos entrar en el nuevo apartamento pasadas las seis y media de la tarde. El hombre me cambió de tema, simplemente me dijo que empezáramos a bajar las cosas. Así hicimos. Empezamos a bajar todo al sótano. Lo conseguimos en algo menos de una hora, pero el problema sólo acababa de empezar. Teníamos todas nuestras pertenencias depositadas a los lados del ascensor. Para llegar hasta la salida vehicular había que caminar nada más y nada menos que unos 200 m. Imagínense: ¡200 m! Con nevera, televisor, lavadora… ¡Caminando! Decidimos esperar ahí, al lado del ascensor del sótano, pues tampoco nos permitían los de seguridad llevar nuestras cosas hasta la entrada vehicular. Dieron las cuatro de la tarde y ya estábamos cardíacos. Subimos al apartamento, donde sólo quedaba una bolsa de basura y nuestra gata, asustada y apocada dentro de una habitación completamente vacía. Llamamos de nuevo al señor. Su respuesta fue… Adivinen: «ya estoy entrando en Bogotá». No recuerdo qué le dije exactamente, pero cerca estuve de mencionar a todos sus antepasados. Se cortó la comunicación. Yo le pedí a una prima de mi novia que nos estaba ayudando que llamara a algún amigo que tuviera una camioneta y pudiera echarnos un cable. La situación se estaba haciendo insostenible, el tiempo corría y muy probablemente no podríamos salir ni siquiera de nuestro edificio. Mi novia volvió a llamar al señor, que con voz calma, dijo que fuéramos sacando las cosas a la calle.

¡Y una mierda!, pensé yo. Cómo vamos a sacar las cosas si a este tío todavía le falta mínimo una hora por llegar. Los conocidos de la prima no estaban disponibles o no disponían de un vehículo adecuado. Abajo, en el sótano guardaban nuestras cosas un tío de mi novia y su pareja. Pasó una hora de angustiosa espera, ¡eran las cinco! Hablé con los de seguridad y les expliqué la situación. Dijeron vagamente como que no importaba si nos retrasábamos un poco al salir. ¡Un poco! ¡A ese paso el tío del camión iba a llegar a las 6!

Cuando finalmente llegó eran las seis y media y llevábamos media hora en la calle con todas las pertenencias a la vista de los viandantes. Cuando salió del camión nos saludamos con la mirada. A esa hora, ya hace 30 minutos que en Bogotá es de noche. Siempre oscurece a la misma hora durante todo el año: a las seis de la tarde. A las siete ya teníamos todas las cosas en el camión, un trasto que cuando todos estuvimos listos para irnos y jugárnosla por las calles de la capital, no arrancó. El hombre bajo del trasto, abrió el capó y le oímos hacer la conmutación del arranque frotando los cables. La mole se puso en marcha.

La ley dice que no se deben realizar mudanzas a partir de las seis de la tarde para evitar los robos. Las mudanzas deben hacerse por tanto durante la luz del día; todos los camiones de mudanza que transiten a partir de las seis de la tarde pueden ser parados y multados por la policía, quien puede considerar que todo el material es presuntamente robado.

Yo ya estaba tan cansado por manipular el peso de nuestros enseres y por los nervios de toda esta situación que mientras nos dirigíamos a nuestro nuevo apartamento me la pelaba cuando nos cruzábamos fortuitamente con una patrulla o moto de la policía.

Como sabíamos que íbamos a llegar tarde al otro apartamento, mi novia tuvo que hacer una llamada difícil: marcó el número de teléfono de un vecino que vivía en la urbanización a la que nos mudábamos. Éste le dio el teléfono de la portería, quien a su vez le dio bajo cuerda el teléfono móvil personal de la administradora. Mi novia la llamó para pedirle el favor de que autorizara al personal de seguridad a que nos dejara entrar con la mudanza. Ésta autorizó nuestra entrada y de esta forma llegamos a la nueva urbanización a las siete y media de la tarde, noche cerrada. Terminamos de subir todas las cosas aproximadamente una hora más tarde. Estábamos exhaustos. Esta había sido, sin duda, la Mudanza «de la muerte». Algo que nunca olvidaré.

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