Carta abierta a Hernán Casciari sobre «La crónica del deportado» publicada en la revista Orsai nº 1

Estimado Hernán:

Desde mi admiración y mi respeto por tu trabajo como crítico de series de televisión (en Espoiler para El País), periodista, escritor y editor de la revista Orsai me animo a escribirte esta carta abierta en relación con La crónica del deportado de Alejandro Seselovsky. Esta carta va dirigida a ti y no al autor mismo porque considero que dicha crónica está escrita y documentada con solvencia, por lo que no tengo nada que comentarle al señor Seselovsky, salvo hacerle la rápida observación de que denominar como «un infierno» la forma de hablar «castiza» en España, como se jacta en dicha crónica, es a todas luces un signo de escasa cultura y tolerancia, un desprecio gratuito y un exabrupto infantil que cual bumerang puede fácilmente volverse contra quien lo pronuncia. Esta carta va dirigida a ti por ser tú principalmente quien tuvo la idea de enviarlo a España con el fin de que fuera deportado (a expensas del Estado, es decir, de los contribuyentes extranjeros y no extranjeros que tributan en España) y luego escribiera un artículo sobre la «nefasta» experiencia. Te confieso que, ahora que he leído la crónica, tengo sensaciones encontradas, aunque quizá la predominante sea la de una profunda desorientación que va convirtiéndose a cada momento en una decepción en firme.

Seselovsky pretende entrar a España sin carta de invitación, sin los recursos económicos mínimos exigidos, sin reserva de hotel y para rematar «la obra», afirmando haber perdido el pasaporte que previamente ha escondido a conciencia entre su equipaje. Ante semejante alarde teatral yo no puedo dejar de preguntarme: ¿cuál es el punto de este artículo? ¿Demostrar lo injustas, arbitrarias e inhumanas que son las normas de inmigración españolas? ¿Lo infames, crueles y arrogantes que son los funcionarios de inmigración y por extensión todos los españoles? Sinceramente si algo me ha servido la lectura de La crónica del deportado es para saber de qué color es la sala de los deportados; que sus paredes están llenas de grafitis con frases esperanzadoras, insultantes o evangelizadoras; que el abogado de oficio encargado de un caso de inmigración cobra su minuta si su cliente recurre su deportación; que dos tarjetas de teléfono de 100 minutos cuestan 10 euros… Digo yo: ¿qué es de esperar de quien deliberadamente rechaza cumplir los requisitos legales de entrada a un país? La respuesta es obvia . Y por eso, la naturaleza artificiosa del artículo lo convierte en un producto pretencioso. Es más, creo entrever cierta intención de provocar y predestinar al lector a una opinión. Pero bueno, esta es mi opinión personal y seguramente sea errónea.

Cualquiera sabe que para entrar a un país (con pocas excepciones, como la de los nacionales de la Unión Europea que disfrutan de libre tránsito dentro del espacio europeo) hay que cumplir unos requisitos de inmigración que son de obligado conocimiento para todo viajero y que en muchos casos no son recíprocos entre los países. Es decir, existen para los nacionales de un país A que quieren entrar al país B, pero no viceversa, que es lo que ocurre en el caso de Argentina con respecto a España (pero también en el caso de España con respecto a EE UU, por citar otro ejemplo). Lamentablemente esto es así, mal que nos pese. Y yo no lo comparto, pero precisamente creo que habría sido más interesante investigar por qué esto es así. Por qué se ha llegado a la situación en que los argentinos, como muchos otros nacionales de otros países, tienen vetada la entrada a otros muchos países, como España, si no cumplen unos protocolos migratorios ni aportan un gran número de documentos en muchas ocasiones muy costosos (visados, etc.). De esta forma llegaríamos al quid de la cuestión, que en mi humilde opinión no es otro que la nefasta y dañina actividad política que ha sumido al pueblo latinoamericano desde hace muchas décadas en la más absoluta miseria y desesperanza. La razón de los flujos migratorios es precisamente la búsqueda de la esperanza, de una mejor oportunidad, de seguridad, de prosperidad, de supervivencia. Esta necesidad de los latinoamericanos por dejar su patria, su familia, sus amigos, sus recuerdos de infancia y de toda su vida solo puede estar motivada por el ansia de ver garantizadas unas condiciones y unos derechos mínimos que en sus propios países su clase dirigente les niega.

La lectura de La crónica del deportado me decepciona desde el momento en que tú, Hernán, me explicas que todo está previsto en el guión, que Seselovsky tiene que hacer todo lo posible para que lo deporten. Bien, eso es lo que ocurre finalmente y lo que no debía de haber sucedido de otro modo. Otra historia habría sido hacer que Seselovsky llegara a inmigración con los mismos documentos que la anciana argentina que, por no tener carta de invitación, fue deportada. A ver qué habría ocurrido en ese caso. Si Seselovsky hubiera logrado entrar finalmente a España, la crónica habría sido, en mi opinión, un grandísimo éxito, pues habría demostrado la arbitrariedad y la crueldad de las autoridades migratorias españolas. Pero la aventura de Seselovsky pretende un final que muy difícilmente podría haber transcurrido de otro modo. Por otro lado, a través de la sincera pluma del autor se aprecia que el trato de las autoridades para con Seselovsky fue correcto, que las instalaciones presentaban un nivel de higiene igualmente adecuado, que éstas están abiertas a inspecciones regulares por parte de personal de las embajadas… ¿Entonces qué debo esperar, yo como lector, de tal crónica? ¿El maltrato físico o psicológico inminente (como parece esperar el propio autor) por parte de algún funcionario de inmigración? ¿Y si hubieras mandado a Seselovsky a hacer lo mismo a México D.F., con el «magnífico» renombre de que disfruta la policía mexicana? ¿O a Tailandia con una revista pornográfica bajo el brazo, donde la pornografía está severísimamente penada? ¿Qué habría sucedido entonces? ¿Querías contarnos que la nieve es blanca? Pues sí, es blanca. Pero eso ya lo sabíamos, Hernán.

Si me quejo es porque yo también he sido y soy inmigrante y porque estoy rodeado de ellos (mi esposa es colombiana y sufrió muchísmo para conseguir la nacionalidad canadiense; prácticamente todos sus amigos están fuera de Colombia y los que aún viven aquí tienen como único objetivo salir del país). Yo soy español, tengo 33 años y llevo viviendo los últimos diez en el extranjero: cinco años en Alemania, un año en Italia, un año y medio en Canadá y actualmente en Colombia, donde voy para dos años de residencia; asimismo he entrado a los EE UU por estancias breves en dos ocasiones. Es cierto: mi nacionalidad española me exime de solicitar visado en todos los países que he mencionado, pero me obliga a cumplir otros requisitos de inmigración, como el de rellenar, días antes de efectuar el viaje, el formulario ESTA para entrar a los EE UU, dejar que allí me fotografíen y tomen todas mis huellas dactilares (cual criminal). ¿No es esto insultante? A mí me lo parece. Sobre todo porque no hay muchos otros países que «reciban» a los visitantes de esta forma. Si yo no cumplo con estos protocolos que detesto (créeme que realmente los detesto), y que si bien son menos exigentes por ser español, están en su derecho de denegarme la entrada al país (y no tengo dudas de que lo harían). Por eso, porque yo soy inmigrante que debe cumplir las normas de acceso y porque si no las cumplo no entro, me molesta sobremanera los comentarios o artículos como La crónica del deportado, que, bajo mi punto de vista, parecen generar más crispación que ahondar en el problema real. Un problema que, repito, en mi opinión proviene de las execrables, inútiles, injustas, torpes, maliciosas y obscenas políticas que llevan a algunos países al borde del abismo obligando a su población a buscarse en otro país la vida que no puede obtener en su tierra.

Para terminar me gustaría compartir contigo un par de anécdotas personales. Dos historias reales que creo que son un buen ejemplo de la dureza de ser inmigrante, del insultante nivel incertidumbre (limbo lo llama Seselovsky) al que se puede someter a una persona. En 1999 mi mujer dejó Colombia para estudiar inglés y buscarse una mejor vida en Canadá. El vuelo hacía escala en Miami, donde desde hacía unos meses residía su madre, la cual fue a despedirla al aeropuerto en una escena típica de película: ambas separadas por una gruesa pared de cristal y observadas por un par de policías que no les quitaban el ojo. Mi mujer subió a ese avión y por motivos que no vienen a cuento pasaron siete años hasta que finalmente pudo obtener la tan ansiada residencia canadiense que le permitió a su vez solicitar el visado para entrar en los EE UU. Salió un viernes de Toronto en un vuelo con destino Miami que regresaba ese mismo domingo: tan solo tres días para ver a su madre. Al llegar al aeropuerto de Fort Lauderdale, tras inspeccionar su pasaporte, una joven oficial de inmigración le pidió que le acompañara. La llevaron a una habitación aséptica, sí de esas que dan miedo, de esas en las que se respira el limbo del que habla Seselovsky. La oficial le preguntó a mi mujer cómo es que tenía un sello de entrada a los EE UU con fecha de 1999 y su visado tenía fecha de 2006. Mi mujer le explicó, con un excelente inglés, que en aquella época, antes del 11S, los colombianos podían entrar a los EE UU sin visado siempre y cuando se tratase de una entrada de tránsito, es decir, sin posibilidad de abandonar el aeropuerto y para proseguir el viaje hacia un destino fuera de los EE UU. La oficial miró detenidamente el pasaporte una vez más, miró a mi mujer, pero no pareció entender y le volvió a formular la misma pregunta: ¿Pero cómo es que usted no tenía visado cuando entró a los EE UU en 1999? Mi mujer insistió en su explicación. La oficial le pidió que esperara y se marchó. Pasó el tiempo y llegó con otro oficial. Le volvieron a preguntar lo mismo, ella contestó lo mismo. En el limbo todo es posible y una de las opciones era que le dieran media vuelta y la mandaran a Canadá sin que pudiera ver a su madre. Aunque lo peor de todo aquello no era tanto el hecho en sí de la deportación, sino que le pusieran la marca de deportada en el pasaporte y en la base de datos federal, una marca que le denegaría la entrada a los EE UU durante un mínimo de 10 años. ¡10 años más sin poder ver a su madre! Finalmente llegó otro oficial que debía tener más experiencia y confirmó lo que mi esposa les explicaba insistemente: que en esa época no hacía falta visado y que todo estaba en orden. Le pusieron un sello de entrada y una autorización de permanencia por los tres días que iba a ver a su madre, ni un día más.

Ella siempre se ha preguntado qué habría ocurrido si en ese momento no hubiera habido ningún oficial con más experiencia que conociera esa particularidad de la exención de visado para los colombianos en tránsito antes del 11S. La certeza de que muy probablemente la hubieran mandado de vuelta a Toronto, le hubieran colocado un sello de deportación en su pasaporte y se le hubiera impedido ver a su madre por diez años más es una sensación muy difícil de describir.

Pero lamentablemente ella tiene más anécdotas cuyo escenario principal comprenden los mostradores de inmigración, las salas del limbo, las conversaciones con oficiales de inmigración, la toma de huellas, las fotografías, los cacheos, los registros de maletas. La peor de todas fue cuando, tras solicitar la residencia, el gobierno canadiense le obligó a abandonar el país para esperar fuera la resolución de dicha solicitud (norma que ahora ha cambiado y que no obliga al extranjero a esperar la resolución fuera de Canadá). A pesar de que ella misma había comprado su billete de avión de regreso a Colombia y de que las autoridades le habían extendido un documento denominado Voluntary Leaving, nada más llegar al aeropuerto dos policías la escoltaron primero hasta la puerta de embarque y luego hasta su asiento dentro del avión. E igualmente, ante la mirada atónita de todos los pasajeros, hicieron entrega de su pasaporte a las azafatas de vuelo. ¿No te parece humillante? Lo es. Hay que vivirlo para saber realmente lo que es esto. Pero no todo acabó ahí. Cuando llegó a Colombia, a su país, el oficial del DAS (Departamento Administrativo de Seguridad), que no sabía inglés, no paró de preguntarle el motivo de su deportación, y mi esposa no paró de contestarle que no había sido deportada, sino que había abandonado el país de manera voluntaria. El oficial del DAS le pidió que lo acompañara. La metieron en otra habitación del limbo y tuvo que esperar un tiempo interminable hasta que llegó alguien que sabía inglés, comprendió lo que decía el documento y la dejaran pasar.

Historias sobre injusticias en el mundo de la inmigración hay a montones todos los días prácticamente en todos los países del mundo; yo sólo le he contado dos que me son muy cercanas y que me han hecho ver con otros ojos el mundo (o debería decir submundo) de los inmigrantes. Estoy absolutamente convencido de que el sistema está mal, de que es profundamente injusto. Que debería garantizarse el libre tránsito de las personas como un derecho fundamental y sagrado; que solo por el hecho de haber nacido más al norte o más al sur no debería suponer la instauración de diferencias ni restricciones en las condiciones de vida de las personas. Deseo que esa profesora de Historia invitada por la Universidad Complutense de Madrid no hubiera sido deportada ni hubiera perdido su bebé; que aquella anciana hubiera sido tratada con respeto y que hubiera podido visitar a sus nietos en España, pero también que se pongan de manifiesto las dos caras de la moneda; que si yo, para que mi esposa pudiera visitarme a España, tuve que solicitar una carta de invitación (que requiere toda una serie de documentación previa como certificado de empadronamiento, contrato de trabajo y últimas nóminas, escritura de la vivienda a la que se invita al extranjero, acreditar vínculos con el invitado y demás) y que si ella tuvo que comprar seguro de viaje, solicitar visado y presentar innumerables documentos, si nosotros tuvimos que hacer todo eso porque así lo estipula la normativa de inmigración es de justicia que se solicite a todos aquellos extranjeros que quieran entrar a España o a cualquier otro país. Como he dicho más arriba: es obligación de cada viajero informarse sobre los requisitos de entrada a su país de destino. ¿O no es eso lo que dice la confirmación de vuelo o el reverso de los billetes de avión que compramos a las aerolíneas? Por eso siento profundo malestar y tristeza cuando leo noticias sobre deportaciones que se quedan a medias:

  • En esta noticia de La Voz no se explica si la mujer llevaba todos los documentos necesarios o si fue una mera arbitrariedad de los funcionarios de turno el deportarla. No me puedo creer que la mujer no supiera los motivos de su deportación (justos o injustos) ni que el periodista que firma la noticia no haya investigado dichos motivos. Es algo absolutamente inaudito e impropio de una noticia seria. ¿O es que se han omitido deliberadamente para inclinar la opinión del lector? En cualquier caso, los motivos de la deportación es aquí el tema más importante, pero no se indican por ningún lado.
  • En esta misma noticia, pero publicada por La Gaceta otro tanto de lo mismo, aunque con un matiz. La noticia indica «Al parecer (…) la docente necesitaba otra documentación para ingresar». En la primera clase de periodismo de una universidad se enseña que una noticia no supone, sino informa con hechos y datos confirmados y sustentados en fuentes, por eso la expresión «Al parecer» hace tambalear la veracidad de la misma. O le hacía falta otro documento o no le hacía falta y ahí si tendríamos el bombazo, el notición, el quilombo.
  • En Enlatino.com el periodista parece haber ahondado un poco más en la cuestión de fondo: si hubo arbitrariedad a la hora de permitir la entrada de extranjeros y de qué documentos carecían las personas deportadas según las autoridades españolas. Como denuncia de la arbitrariedad escribe el periodista que algunas veces se solicita al extranjero que presente el billete de vuelta cerrado o la solvencia económica o la carta de invitación. Pero esto no es indicativo de arbitrariedad: el extranjero está obligado a presentar una serie de documentos que el funcionario de turno puede revisar o solicitar en su totalidad o parcialmente.
  • Otro ejemplo, esta vez no de un medio de comunicación, sino del blog de un nacional argentino al que se le deniega la entrada (sic) «por no cumplir con los requisitos que el gobierno español exige para entrar». No comento más.
  • Y aquí una página de consulados argentinos donde se explican los requisitos y documentos para entrar a España, las consecuencias de no hacerlo así y cómo es el proceso de deportación. Es decir, la información está ahí y cada viajero debe conocerla detalladamente.

Con esta carta solo pido que se cuente la totalidad de la historia: es decir, tanto las injusticias cometidas en las salas-limbo como la necesidad de ciertos países desbordados por los flujos migratorios de controlar y limitar este caudal humano desesperado por encontrar un lugar decente en el mundo. No me cabe ninguna duda de que parte de todo este desagradable tema se podría entender haciendo la siguiente reflexión: ¿por qué hay personas que quieren/necesitan abandonar su país para buscar una mejor vida en otros? ¿Por qué hay personas de ciertos países que tienen restringida la entrada a otros países? Estoy convencido de que las restricciones de entrada no son recíprocas por un motivo muy sencillo: por un lado los países que obligan a sus ciudadanos a convertirse en inmigrantes porque no pueden/quieren garantizar unas condiciones justas de bienestar ven con buenos ojos la entrada de turistas de moneda fuerte que llegan para gastar: ahí las condiciones de ingreso al país son más benévolas. Y por otro lado los países que ofrecen mejores oportunidades de prosperidad cierran sus puertas para garantizar dicho bienestar a los que están dentro: ahí las condiciones de ingreso al país se dificultan propiciando graves situaciones de injusticia y arbitrariedad que estoy completamente de acuerdo en que deberían denunciarse y llevarse hasta las últimas consecuencias. Es así de simple y así de injusto.

Dicho esto, no puedo por más que felicitarle por la magnífica revista Orsai, de la que desgraciadamente no pude conseguir el nº 1.

Con afecto,

Daniel G.

PD: a pesar de las apariencias yo no soy el Daniel que contesta en los comentarios de la página donde está publicada La crónica del deportado. Es más, no he hecho hasta ahora ningún comentario ni en la página misma de La crónica del deportado ni en ninguna otra página de www.orsai.es.

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6 respuestas a Carta abierta a Hernán Casciari sobre «La crónica del deportado» publicada en la revista Orsai nº 1

  1. Pablo dijo:

    Me parece un texto excelente y coincido en gran parte. El motivo por el cual en Argentina se ve tan molesto el asunto este de las trabas al ingreso, es que durante algunos años España expulsó gente por su magra situación económica mientras que Argentina necesitó de esos inmigrantes. Entonces ocurrió lo que ya casi no ocurre: el poder del dinero genero algún tipo de justicia, claro que involuntariamente. Creo que el punto es este: los sistemas económicos y políticos que generan tamañas desigualdades adentro y afuera de nuestros países son los culpables. Las cartas de invitación, visados y demás bellezas, no son más que una consecuencia y es gratis atacarlas. Solucionar las causas… ahí te quiero ver.

    Saludos desde Argentina!

    • Daniel dijo:

      Muchas gracias, Pablo, por pasarte y dejar tu comentario. En realidad, con esta carta abierta buscaba decir también lo que llevaba mucho tiempo intentando explicarme a mí mismo: que el tema de la inmigración es complejísimo, que no se puede explicar ni en dos frases ni con aforismos ni con situaciones tópicas como la que, creo, pretendía encontrar «La crónica del deportado». La «cosa» es mucho más delicada y es muy fácil caer en tensiones que no aportan nada ni a un debate sano ni a la mejora de esta situación tan injusta para ciertos seres humanos.
      Un abrazo y saludos desde Bogotá.

  2. Alejandro dijo:

    Hola! Muy bueno lo que escribiste, estoy totalmente de acuerdo… soy el comentario #98 en la pagina de la cronica del deportado.
    Saludos de un argentino desde China

    • Daniel dijo:

      Hola Alejandro, muchas gracias por dejar tu opinión. He leído tu comentario en la página de Orsai e igualmente estoy de acuerdo con lo que dices. Este tema es muy complejo y es muy fácil caer en tópicos o en afirmaciones encendidas. ¡Un saludo desde Colombia!

  3. Carlos Rey dijo:

    Magnífico artículo.
    Muchas gracias.

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