240 minutos vs 10 minutos – La Fila a las puertas del Registro Civil

13 de enero de 2011 – Voy a meter los papeles en el Registro Civil de Getafe para iniciar proceso de matrimonio mixto.

A las 3:50 am suena el despertador. Lo apago e inmediatamente vuelvo a cerrar los ojos.

A las 3:55 am vuelve a sonar el despertador. Lo apago e inmediatamente vuelvo a cerrar los ojos.

A las 4:00 am suena otra vez el despertador. Lo apago e inmediatamente salgo del torpor del sueño. Acabo de recordar que en tan solo una hora debo estar allí, frente a la puerta del Registro. ¿Está lloviendo? ¿Lloverá mientras hago La Fila? ¿Hará frío? Imposible decirlo debajo de las sábanas. Pero para ser sinceros no es eso lo primero que se me pasa por la cabeza a esas horas indecentes de la noche. Hacerse ese tipo de preguntas sólo significa que uno ya había tenido que salir temprano de casa varias veces antes para hacer el tipo de trámite que voy a hacer yo ese día (o mejor dicho, esa noche): presentar los papeles al Registro Civil para solicitar una autorización de matrimonio. Ese tipo de preguntas se las hace nada más abrir los ojos, en medio de la desorientación del sueño, aquellos que están acostumbrados a lidiar con los registros civiles, con las comisarías de policía, con los ministerios de justicia, del exterior, del interior, es decir, aquellos que tienen que hacer trámites irrenunciables, gestiones necesarias para garantizar sus derechos o el acceso a éstos, aquellos que tienen que renovar permisos de residencia, solicitar la nacionalidad, registrar nacimientos o matrimonios o convalidarlos, es decir, casi en su mayoría los inmigrantes.

Mientras me aseo me miro al espejo y recuerdo las palabras de la funcionaria del Registro que con cara triste y ausente me había dicho el día anterior:

— Hoy miércoles no recogemos documentación, vente mañana… Pero tempranito, ¿eh? Que aquí hay siempre gente antes del alba haciendo fila.

Sí, el venga usted mañana que cuentan en los chistes. Pero esto no es un chiste. Es algo muy serio. Por motivos que no vienen a cuento ni me apetece mencionar debo decir que sólo tengo ese día para presentar los papeles. Solamente ese día. Así que todo tiene que salir bien. A toda costa. Cualquier inconveniente, cualquier olvido o negligencia por mi parte o por parte del Registro o por parte de cualquier persona vinculada con este proceso romperá completamente mis planes de futuro y los de mi novia.

Solamente reunir la documentación ha sido una odisea. Al tratarse de un matrimonio mixto (entre español y extrajera), los requisitos burocráticos son mayores, casi como una película de ciencia ficción; y tras tener todos los papeles sobre la mesa de la cocina, repasándolos la noche del día anterior, ese miércoles que el Registro no recibe documentos porque… simplemente es miércoles y los miércoles no reciben expedientes, me preguntaba si cabía la posibilidad de llegar al día siguiente a la ventanilla y la funcionaria de cara triste y ausente me pudiera decir:

— Oiga, pero aquí le falta…

Esa era una frase terrible, la más odiosa que un administrado puede escuchar de un funcionario. La que hay que tratar de evitar a toda costa. La que precede al estado de furia, luego de desesperación y termina convirtiéndose en abatimiento.

Sobre la mesa de la cocina se extendían los siguientes documentos:

  1. Partida de nacimiento mía.
  2. Partida de nacimiento de mi novia, convenientemente apostillada.
  3. Formulario de solicitud para expediente de matrimonio mixto (3 hojas).
  4. Certificado de empadronamiento mío.
  5. Certificado de empadronamiento de mi novia.
  6. Apud Acta (documento similar a un poder por el cual los futuros esposos se autorizan recíprocamente a recibir notificaciones o a ofrecer información al Registro).
  7. Certificado de la embajada de Canadá que acredita que mi esposa está empadronada.
  8. Certificado de capacidad matrimonial de la embajada de Canadá.
  9. Certificado de publicación de edictos proveniente de la embajada de Canadá (en algunos países, para poder casarse es necesario publicar el anuncio de matrimonio por si alguien estuviera en contra. Canadá no realiza esta práctica y el Certificado indica eso, que Canadá no publica edictos).
  10. Fotocopia de mi DNI.
  11. Fotocopia del pasaporte de mi novia (con todas las páginas).
  12. Fotocopia del DNI de un testigo.
  13. Adicionalmente, es decir, aunque no lo exija el Registro, hicimos un poder especial a un amigo nuestro que es abogado para que se hiciera cargo delos trámites necesarios si nosotros no podíamos hacerlo por algún motivo.

(Y creo que me dejo dos documentos que ahora no recuerdo.)

Al salir a la calle el aire frío de la noche me termina de sacar del duermevela. La humedad del ambiente había cubierto todas las superficies visibles con una capa fina de escarcha y agua condensada. Casi tiritando, mientras meto un par de mantas en el maletero del coche con las que pretendo cubrirme si el frío me lo impone, me acuerdo de lo tedioso y largo que había sido el proceso de reunir todos esos 12 documentos. Entonces vuelve a sonar en mi cabeza la voz de la funcionaria de cara triste y ausente: Que aquí hay siempre gente antes del alba haciendo fila. ¿Habría ya mucha gente haciendo fila? ¿Se harían muy largas las cuatro horas que van desde las cinco hasta las nueve, hora a la que abría el Registro?

Ahora no sabría decir si fueron largas o cortas. Lo que sí sé es que esos 240 minutos que pasé frente a la puerta del Registro Civil de Getafe fueron para mí una lección de vida.

Son las cinco en punto de la mañana cuando aparco el coche justo frente a la puerta del Registro. A través de la ventanilla derecha del coche veo a una señora de baja estatura y con una bufanda enrollada que le tapa casi toda la cara. Está de pie frente a la puerta, quieta, más bien hierática, en una mano una bolsa de plástico, la otra hundida en el bolsillo del abrigo. Delante de mi coche, una pequeña furgoneta con los cristales tintados y empañados. Con toda seguridad en su interior hay gente también para el Registro. Salgo del coche y le pregunto a la señora si es la primera de la fila. Ella me contesta que sí, que es la primera. Asimismo le pregunto si ha llegado hace mucho. Y ella responde que a las 4:15.

Como hace frío y no hay nadie más esperando le propongo que entre en coche donde le presento a mi novia. Es ecuatoriana, debe tener unos cuarenta años y viste con elegancia. Su nombre es casi lo de menos, pero la llamaré Eugenia para que nos entendamos. De modo que Eugenia ha llegado tres cuartos de hora antes que yo y lo ha hecho en taxi desde Tetuán, allá por las Torres Kío. Al parecer ella había sido vecina de Getafe durante cinco años, pero decidió mudarse a la capital. Allí se volvió a empadronar y hace unos pocos meses le llegó notificación de que podía solicitar la nacionalidad española. Cuando fue ha realizar el trámite al Registro de Madrid le dijeron que su expediente de extranjera seguía en Getafe a pesar de que cuando se empadronó debía haber sido trasladado de oficio a Madrid. Así que hoy había venido a Getafe a las cuatro y cuarto de la mañana para preguntar qué había pasado y para solicitar a los funcionarios de Getafe que hicieran su trabajo.

En ese momento vemos aparecer a una mujer que se dirige a la puerta del Registro. Salimos del coche y le informamos de que nosotros, Eugenia primero y luego yo, hemos llegado los primeros. Miro el reloj: son las 5:17 h.

— No se preocupen —dice con un acento sudamericano suavizado—, yo llevo un buen rato esperando, pero como hace frío me he ido a dar un paseo para calentarme.

Inmediatamente Eugenia le pregunta de dónde es. La mujer contesta que es peruana. Se muestra muy habladora. Se llama Lucía y lleva 11 años en España. Ya tiene la nacionalidad, que a ella le tardó en llegar, desde que la solicitó, más de 4 años. Ahora no tardan tanto, dice Eugenia.

— ¿Dice que ha llegado hace un rato y que estaba dando un pequeño paseo? quise confirmar.

— Sí —contestó Lucía—. Pero no se preocupen, yo me quedo la tercera. Sólo espero que no vengan luego las mafias y se nos cuelen.

— ¿Cómo? —digo estupefacto.

— Sí, las mafias. La semana pasada tuve que venir también a hacer La Fila: estoy tramitando la nacionalidad a mi hija pequeña, ¿sabe? Llegué a las 5:30 y ya había bastante gente aquí esperando. Entonces, a las 9, cuando abre el Registro, llegaron de repente una veintena de personas con una lista de nombres y se intentaron colar a los que estábamos aquí esperando, que también teníamos nuestra lista hecha para guardar el orden. Se formó un buen follón, tuvieron que intervenir los de seguridad y aun así a muchos se les colaron.

— ¿Y esas mafias quiénes son? —pregunto algo desconcertado.

— No sé —responde—. Hay gente que paga 50 euros para que le metan en esa lista. Luego alguien llega a las 9 y la intenta hacer valer. Muchos de los perjudicados no dicen nada porque tienen miedo. Pero imagínese la situación… después de llevar tantas horas esperando. Y algunos es la segunda o tercera vez consecutiva que intentan coger número…

— Por lo menos hoy no llueve —dice Eugenia mirando al cielo oscuro.

— Por lo menos hoy no llueve —afirma Lucía de forma mecánica.

Yo miro al cielo también y digo para mis adentros: por lo menos hoy no llueve.

— Si quiere podemos empezar una lista. Una lista siempre es algo útil —me dice Lucía.

Me parece una buena idea y nos apuntamos:

  1. Eugenia.
  2. Daniel.
  3. Lucía.

Miro el reloj: las 5:35 h. En ese momento no sé si el tiempo pasa rápido o lento. La luz anaranjada de las farolas me hace llorar los ojos, la punta de los dedos de los pies empieza a entumecérseme; ahora en invierno amanece más tarde, a eso de las ocho, lo cual quiere decir que todavía faltan unas dos horas y media para ver el sol y calentarnos.

Por lo menos hoy no llueve.

Al rato comienza a llegar más gente. Primero una mujer de unos treinta años, de pelo claro y algo rizado hasta los hombros, baja estatura, poco habladora, quizá para no desvelar su procedencia a través de su acento. Diría que es de Europa del Este. Después llega Hasán, un marroquí con nacionalidad española desde hace 6 años, pero que arrastra las palabras al hablar de manera que es prácticamente imposible entenderle. Parece el más sobrado de todos los que estamos allí. Quiero decir, el que está más  acostumbrado a hacer filas: todo lo que comentamos en ese pequeño círculo que se va agrandando él ya lo conoce y aprovecha cualquier ocasión para compartir anécdotas similares que nadie entiende debido a su vocalización incomprensible. Pronto dejamos de prestarle atención.

Son las 6:15 y la lista ya está conformada por casi una decena de personas. Como me ha sorprendido el tema ese de las mafias vuelvo a mencionarlo para saber la opinión de los recién llegados. Todos, prácticamente todos, conocen casos en los que gente de aspecto extraño logra imponer sus listas en el momento de la apertura de puertas o se logra colar por la fuerza en el último momento y sin ninguna contemplación.

— Lo peor es en el Registro de Madrid, el de la calle Montera. Ahí muchas veces ha tenido que intervenir la policía —dice Rosa, una peruana diminuta de unos cincuenta años y con las cejas pintadas, extremadamente maquillada, pero locuaz y eternamente sonriente.

— ¿En serio? —Pregunto yo.

— Sí, ahí no es raro tener que hacer varios intentos para realizar los trámites. Es casi una suerte si uno va y a la primera coge número y a la primera consigue imponer su número a la hora de entrar. Eso es salvaje.

En algunos registros civiles de España (desconozco si todos lo hacen e imagino que va en función de la demanda de trámites) de este mal llamado país de primer mundo, dan todas las mañanas 20 o 30 números. Por eso la gente, en su mayoría inmigrantes, madruga muchísimo para conseguir uno que le permita hacer esos tan odiosos y a la vez tan necesarios e inaplazables trámites burocráticos.

Así que yo esta noche soy el segundo de La Fila, pero la inquietante mención de las mafias que a última hora pueden llegar y quitarte el turno me va poniendo cada vez más en tensión, sobre todo a medida que avanza la noche. Como he dicho, yo sólo tengo ese día, ese viernes, para hacer el trámite. El domingo siguiente me voy al extranjero (otra vez).

La gente que va llegando empieza a apuntarse en la lista, de manera que a eso de las 7:00 h somos unos quince, embutidos en nuestros abrigos y bufandas, doblando las piernas regularmente para no dejar que el frío se instale en los huesos, hablando de mafias, de trámites y certificados absurdos, de plazos más absurdos todavía, intercambiando consejos, como el que Lucía le daba a Eugenia:

— Usted tenía que haber puesto una queja en la administración competente. No es su culpa si el Registro de Getafe olvidó traspasar su expediente a Madrid. Además, creo que debería no haberse empadronado allí, sabiendo que en breve le llegaba la notificación para iniciar la nacionalidad. Le habría resultado todo más fácil si lo hubiera dejado todo tal cual, sin cambios.

Eugenia mira hacia el suelo. No dice nada.

De repente me animo y digo que con los impuestos que pagábamos todos, cómo era posible que la Administración tuviera este sistema tan rudimentario de citas, un sistema que parecía diseñado por una mente perversa con la intención de empequeñecer al administrado, de doblegarlo, postrarlo, hacerlo dócil para que cuando llegue a las ventanillas o a las mesas de información no tenga ni fuerzas ni ánimos ni ganas de discutir, sino de aceptar lo que le digan. Cada una de las personas que esperan ahí conmigo tiene detrás una historia de supervivencia con la que se podría hacer perfectamente una película. Todas esas personas han adoptado el sufrimiento y la incertidumbre en sus vidas como un elemento intrínseco, pues no en vano todas han tenido que dejar sus hogares, familia y amigos para venir a España en pos de algo mejor, un viaje que en muchos casos no empieza cuando uno deja su tierra, sino cuando uno llega a la tierra que cree que es la prometida. Lucía había llegado a España hacía 11 años y se pasó tres años sin poder ver a sus hijas (pequeñas). ¡Tres años! Hasta que pudo sacar adelante la reunificación familiar. En todo ese tiempo trabajó como limpiadora, chacha, camarera, reponedora en supermercados; éste, su último trabajo para el que ha de levantarse todos los días a las 4 de la mañana.

— No quiero volver allá —me dice con voz firme.— En estos 11 años sólo he ido una vez y fue por el funeral de mi madre. Yo ya no tengo nada allí. Mis hermanos también viven en el extranjero y ya cada uno cuida de sí mismo. Aquí al menos tengo un trabajo medio seguro que me permite pagar un alquiler y de vez en cuando permitirme algún pequeño capricho.

— A mí me falta la comida —nos interrumpe Eugenia.— Es difícil encontrar los ingredientes para cocinarme mis platos favoritos.

Qué cierto. Yo he vivido varios años en el extranjero y no puedo estar más de acuerdo con Eugenia. En ocasiones las ganas de comer o preparar tu comida favorita (en mi caso unas buenas croquetas de pollo o unas lentejas con jamón y chorizo ibérico) y no poder satisfacer esa necesidad hace que uno se entristezca o se deprima y se sumerja en una fase de nostalgia por su tierra que uno nunca sabe cuándo va a terminar.

Oigo a alguien que se queja del sistema de citas de los registros de España y otro le contesta que por ejemplo en Colombia tienen un sistema de citas por Internet o por teléfono que funciona muy bien y evita que la gente tenga que dormir al raso o llegar a los puños por un número. En ese país sudamericano los que solicitan número y no se presentan son penalizados con la imposibilidad de pedir cita durante 48 h. Más sencillo imposible. Y aquí en España existen los medios (ya ocurre con Hacienda o para solicitar el DNI), pero por algún oscuro motivo no se implementa (en las clases de Derecho administrativo una de las primeras cosas que dice el profesor es que la Administración está para hacer la vida más fácil a los ciudadanos… en teoría).

Por lo tanto no logro comprender por qué se permite semejante situación. Ah, claro, que esto solucionaría un problema principalmente a un colectivo algo marginal como es el de los inmigrantes. Esto me parece absolutamente vergonzoso.

Ser un inmigrante es sobre todo no ser (y no tener) muchas cosas. En primer lugar es no ser una persona como los demás. El inmigrante tiene que luchar más para llegar a ser lo mismo que el que no es inmigrante.

Durante todo este tiempo al raso, de noche, a la espera de que se abran las puertas del Registro Civil de Getafe me siento algo más cerca de ser un inmigrante de verdad (y digo de verdad porque llevo viviendo los últimos 10 años de mi vida en el extranjero, sólo que en países en los que no se necesita visado). Pues un inmigrante de verdad es aquel cuyo pasaporte, y la procedencia que éste anuncia, lo denigra o lo rebaja a los ojos de las administraciones o autoridades de los países del primer mundo, en este caso España. Hasán me cuenta que tuvo que esperar 10 años para poder solicitar la nacionalidad española, y hago mucho hincapié en la expresión «poder solicitar». El motivo: únicamente ser marroquí. Tuvo que seguir esperando y haciendo Filas y trámites y rellenar formularios y acudir a entrevistas y realizar un examen obscenamente enrevesado para que un buen día le dieran un trozo de papel plastificado que nosotros llamamos DNI.

— Por cierto —pregunta una chica joven cubana—, ¿qué pasó con el juez que hacía el examen de nacionalidad extremadamente difícil?

— Nada —contesta otro—, el caso se archivó. Estaba claro que la denuncia de una asociación de inmigrantes no iba a prosperar frente a un juez.

— Si hubiera denunciado más gente, la cosa podría haber sido diferente. Yo sé que ha habido mucha gente perjudicada por las preguntas de ese juez en el examen de nacionalidad —afirma una mujer con acento colombiano.

— ¿Qué ocurrió de relevante en España en 1704? —preguntó de repente un señor con acento argentino que nos escucha fuera del corrillo—. Esa es una de las preguntas que hacía el buen señor—. Sentenció.

Yo no puedo evitar sentir vergüenza de mí, de ese juez, de esas preguntas rebuscadas. ¡Ni yo mismo sé que mierdas ocurrió en 1704!

Hablan del juez José María Celemín, famoso por preguntar en el examen de ciudadanía entre otras cosas (más lógicas), ¿qué pasó en 1868? ¿En qué consiste la tortilla de patatas, el cocido madrileño y la paella valenciana? o mencionar tres poetas españoles de la posguerra. Personalmente creo que las preguntas pueden estar justificadas en un caso. Pero en sólo en uno: si los conocimientos para superar el examen de nacionalidad española estuvieran acotados en un manual que el extranjero habría de aprenderse previamente. Esto es lo que hace, por ejemplo, el gobierno de Canadá. Allí se imprimen y distribuyen unas guías de estudio (Study Guide) que tienen unas 70 páginas y que tratan sobre la historia del país, el tipo de gobierno e instituciones, el sistema judicial, el de sufragio, los símbolos nacionales (bandera, insignias, etc.) y todos aquellos conocimientos considerados como básicos para convertirse en canadiense. Ese examen no es particularmente fácil, pero lo que lo simplifica (y lo hace más justo en todo el país) es el hecho de que las respuestas a las preguntas estén en dicho manual. En la página 52 encontramos lo siguiente:

One of the basic requirements of citizenship is to demonstrate that you have adequate knowledge of Canada. The citizenship test is used to assess your knowledge of Canada and the rights and responsibilities of being a citizen in Canada.

All the citizenship test questions are based on information provided in this study guide. You will be asked about facts and ideas presented in the guide.

Que traducido al español quiere decir:

Uno de los requisitos básicos para obtener la nacionalidad canadiense es demostrar que usted tiene los conocimientos adecuados sobre Canadá. El examen de ciudadanía se realiza para evaluar sus conocimientos sobre Canadá, así como para verificar que usted conoce los derechos y las responsabilidades de ser ciudadano canadiense.

Todas las preguntas de ciudadanía se basan en la información provista en esta guía de estudio. Se le preguntará sobre hechos y conceptos presentes en esta guía.

Ah, y si alguien lo duda, Canadá es uno de los países que mayor número de inmigrantes acoge (y nacionaliza) en todo el mundo.

Sin embargo, en España, donde no se sigue ningún precepto para diseñar el examen y todo queda a la arbitrariedad y humor del juez de turno cualquier cosa puede ser objeto de examen. Y hacer un examen en el que se desconoce el objeto de evaluación es como caminar a ciegas sobre la cornisa de un edificio.

Hace un rato que han llegado los guardias de seguridad y que vemos entrar al aparcamiento los coches de los funcionarios. Son cerca de las 9:00 h y tengo los pies helados. La Fila ha aumentado considerablemente y se nota el nerviosismo. Yo no dejo de pensar en los de las mafias, si vendrán, cómo vendrán, qué ocurrirá. Yo no puedo permitir que después del madrugón y de oír las historias de tanta gente, historias de sufrimiento y sacrificio, vengan unos cuantos en el último momento y se nos cuelen. Si eso pasa, monto la de dios. Seguro que no voy a ser el único.

Entonces sucede. Un hombre se ha acercado a Lucía, que era quien apuntaba a la gente en la lista según iba llegando. Por el acento determino que es colombiano. Ha llegado a ella muy seguro y con ciertos aires de superioridad y le ha pedido la lista. Para mi sorpresa, Lucía se la da. El hombre pregunta si esa es la lista válida y yo empiezo a sentir una furia que no reconozco como propia.

— ¿Quién es usted? —Le increpo con el ceño fruncido.

— Freddy —contesta—, soy Freddy.

— ¿Está usted en la lista? —No puedo dejar que se la lleve bajo ningún concepto. Todos nos miran. Por un momento no sé dónde me estoy metiendo. Sé que hay que tener cuidado, pero la rabia de que puedan colarse supera cualquier miramiento.

— Sí, mi amigo José y yo estamos en la lista.

Y en ese momento Eugenia salva la situación:

— Bueno, pues entonces que todos vayan colocándose en fila ordenada para que no haya problemas.

Se oyen voces de afirmación: «sí, vayan haciendo una fila ordenada; señora póngase a la fila; sí, vamos…». Aprovecho ese instante para arrebatarle a Freddy la lista y empiezo a cantar en voz alta los nombres con sus números correspondientes. La gente se va colocando en orden y Freddy desaparece de los primeros puestos. Él es el número 18.

El guardia de seguridad abre la puerta y comenzamos a entrar de forma ordenada, en fila, ni muy rápido ni muy despacio. Pero cuando llegamos al mostrador donde el funcionario reparte los números aparece de la nada una mujer joven negra que se pone la primera. Todo el mundo la increpa.

— ¡Oiga, no me grite que a mí me han llamado por teléfono! —Se defiende.

— ¡Nada de eso, usted se pone a la fila como todo el mundo! —Le gritan desde el fondo.

— Yo llevo aquí viniendo desde hace 3 años y además a mí me han llamado por teléfono —qué excusa más absurda, pienso.

Al final, el funcionario parece darse cuenta de la situación y con una frialdad asombrosa le dice a la chica que se está colando que espere un momento, que ahora la atiende. Le da un número a Eugenia, que parece respirar con alivio cuando lo mira sosteniéndolo en la mano, me da un número a mí, que igualmente me produce la sensación de haber llegado al final de un camino muy largo y penoso, le da un número a Lucía y así sucesivamente e ignorando por completo a la mujer que acababa de llegar de improviso.

Como somos los primeros, encontramos incluso un par de sitios donde sentarnos hasta que empiezan a llamar. La gente se arremolina en la entrada y La Fila parece estrujarse de manera insólita. Tras varios minutos de espera oigo llamar mi número. Entro con mi novia. Una funcionaria joven, en la treintena, nos dice que tomemos asiento, pero sólo hay una silla. La habitación alberga las mesas de los cinco funcionarios que tiene el Registro Civil de Getafe. Vemos expedientes por doquier, no parece haber armarios archivadores, sólo una especie de encimera por cada funcionario que además está a rebosar de papeles.

— Bueno, ustedes dirán —comienza la funcionaria tras haber anotado una cosa allí y recogido un par de documentos allá, sin mirarnos.

— Venimos a solicitar un matrimonio mixto.

Le voy entregando los papeles poco a poco para que los vaya identificando. Los mira por encima, los coloca un clip y los mete en una carpeta a la que escribe el número de expediente a mano. En ese momento me acuerdo de lo que me dijo mi amigo abogado: «los del Registro de Getafe no tienen la base de datos digitalizada, lo tienen que hacer todo a mano. ¡Y estamos en el siglo XIX…!». Miro a mi izquierda y veo a Eugenia hablando con su funcionario. No oigo bien lo que dice; para lo grave que es su situación, actúa calmada.

En esto, otra funcionaria, situada en el fondo de la sala le grita a la que me está atendiendo:

— Oye, tengo a un señor al teléfono que dice que tiene hoy cita para matrimonio. ¿No habían dicho que este viernes no se podían celebrar matrimonios?

Mi funcionaria le hace un gesto con la cara como de no entender, por lo que la otra suelta el teléfono y se acerca a nuestra mesa.

— Pues eso, que tengo un señor… —le repite lo anterior—. ¿Qué hacemos?

— Dile que ahora lo llamas y llama al juez a ver qué dice. Él tiene la última palabra.

— Vale.

Miro a mi funcionaria. Está tecleando al ordenador y se pasa un rato así. De repente se levanta y se dirige a la impresora. Se acaba de dar cuenta de que el texto que quería imprimir está mal; regresa a su asiento, lo corrige y vuelve a imprimirlo. Ahora sale bien.

— ¡Que dice el juez que si hay que casar a alguien, pues qué remedio! —grita desde su mesa la funcionaria de antes para que la que me está atendiendo conozca el final de la historia.

— La cita para la audiencia de ratificación con el juez es el 3 de octubre.

— ¿Cómo? —No sé si he oído bien—.  Si es posible, necesitaríamos la audiencia con la mayor brevedad. Es que no vamos a estar en el país.

— Ya, pero es que el 3 de octubre es lo más pronto que os puedo dar —sentencia.

Nos quedamos mirando mi novia y yo. En ese momento vemos que Eugenia se marcha. Espero que todo haya ido bien. No he escuchado ninguna conversación crispada (no sería para menos). Eugenia ha hablado con su funcionario no más de cinco minutos y se ha marchado. ¿Le habrán arreglado el desaguisado?

— Bueno, pues si no hay más remedio, pues para el 3 de octubre — Respondo a la funcionaria. Eso significa que para ratificar al juez que nos queremos casar… ¡tenemos que esperar algo más de 9 meses!

— Por cierto… —dice la funcionaria con gesto contrariado—, aquí te falta…

¡Noooo!

¡La frase maldita!

—…te falta el pasaporte de tu novia con todas las hojas fotocopiadas. Tú sólo me has dado la primera y yo necesito todas. Lo piden así porque luego el fiscal tiene que comprobar que…

Dejo de escucharle y comienzo a sentir el acceso de furia que precede al de desesperación que precede a su vez al de abatimiento. Sin embargo, el ruido de una conversación agitada que proviene del funcionario que estaba atendiendo a Eugenia me saca de mi ensimismamiento. Para mi sorpresa, en la silla que antes estaba ocupada por Eugenia veo a una señora española de unos sesenta años. Si mis cálculos no yerran, después de Eugenia y yo venía Lucía, pero no hay rastro de ella. Oigo a la señora decir:

— …no me lo cambie porque yo estoy percibiendo mi pensión de viudedad y si me lo cambia pues me la dejan de dar. Y usted sabe… no es mucho, pero algo me ayuda para llegar a final de mes…

— Bueno, ¿se lo puedo fotocopiar y traérselo ahora? —Pregunto a mi funcionaria.

— Sí, tráemelo ahora, no te preocupes.

¡Uff! Paso de código rojo de alarma a código verde en 3 milisegundos.

— Entonces ¿eso es todo?

— Sí, eso es todo.

Me levanto de a silla y veo a un señor español donde antes estaba la mujer que hablaba de su pensión de viudedad y donde previamente había estado Eugenia. De Lucía, que venía detrás de mí en la fila no hay rastro. Salimos finalmente del Registro, que sigue atestado de gente. Han pasado aproximadamente 10 minutos desde que entramos. 240 minutos frente a 10 minutos. Esa es la proporción. Esa es la pura y triste realidad. Vamos a correos, hacemos las fotocopias del pasaporte de mi novia y se las entregamos a la funcionaria bajo la mirada de odio de todos los presentes, pues todos piensan que nos hemos colado (quién lo iba a decir).

No sé si esta ha sido la madrugada más larga de mi vida hasta ahora, pero lo que sí sé es que he aprendido un montón de cosas importantes. Ahora sólo espero que nuestro expediente no presente ningún problema y que Eugenia, Lucía, Hasán puedan resolver sus trámites también sin inconvenientes. Sólo el hecho de pensar que todos los días, los cinco días de la semana, semana tras semana, durante todo el año, en todos los registros civiles de España hay gente haciendo esa Fila me hace estremecer. Para mí, haber estado ahí, en esa Fila, de pie durante tantas horas es como haber cruzado una línea y haber visto la situación de los inmigrantes desde su propia perspectiva. Es algo que deberían sufrir aquellos (políticos) que opinan y amenazan con medidas cada vez más duras contra la inmigración (algo que estoy de acuerdo en que hay que regular, pero no utilizar para cazar votos de gente desencantada).

Caminamos hacia el coche para regresar a casa, a dormir un poco. Entonces cuando voy a introducir la llave en la cerradura de la puerta caigo en ello. En ese momento me doy cuenta de que entre todos los que hacíamos La Fila yo era el único español.

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2 respuestas a 240 minutos vs 10 minutos – La Fila a las puertas del Registro Civil

  1. islam dijo:

    Thats some informational writing.

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