El Gobierno apuesta por promover Internet como instrumento de comunicación, conocimiento y transparencia

Ya sé que no actualizo este blog con la asiduidad que sería deseable y que cuando lo hago (con este post) es para hacer una crítica simple (pero creo que efectiva), breve y (quiero creer) también constructiva. Pero no puedo resistirme a subrayarlo aquí:

En la edición digital de El País aparece una noticia en la sección de última hora que dice:

Me ha llamado la atención y he pinchado para ver el vídeo, que reproduzco aquí:

Visto el vídeo, lo más curioso ha sido comprobar cómo la posibilidad de comentar el vídeo está desactivada:

Bueno, me tranquiliza comprobar que el canal oficial de la Moncloa tiene siempre los comentarios desactivados y que no sólo ocurre con el que menciono aquí. Se trata de coherencia. Me imagino, pues, que para los chicos de la Moncloa la expresión «instrumento de comunicación» connota dirección única, muy en la línea de los últimos tiempos:

Este es un ejemplo nimio de incoherencia política, otro más, pero igualmente significativo para mí por dos aspectos, uno activo y otro pasivo, que son nocivos para la sociedad democrática y que confirman la mala fe y el mal saber hacer de nuestros últimos gobiernos y gobernantes. Por un lado la intención continuista que aboga por una comunicación unidireccional y por tanto excluyente del diálogo y por otro, precisamente esa misma dinámica que tanto les beneficia en condiciones normales, pero que puede dejarles en evidencia cuando necesitan convencer a la ciudadanía. ¿Cuándo hemos visto a un político dialogante y que permita una comunicación bidireccional? En período de elecciones y en contextos muy determinados, por ejemplo, en el programa Tengo una pregunta para usted (que también se celebra durante las elecciones) en el que se exponen a las preguntas de unos pocos ciudadanos. Y es que la actividad política se podría clasificar de manera resumida en dos fases: la fase de persuasión/seducción (período electoral, antes de llegar al cargo) y la fase de imposición/autoridad (obtenido el cargo público) vía decretos leyes (decretazos). Ejemplo:

  1. Fase de persuasión/seducción: «No vamos a subir los impuestos». [Ver vídeo.]
  2. Fase de imposición/autoridad: «[…] se trata de un gravamen para la reducción del déficit público». [Ver vídeo.]

He visto el vídeo varias veces y sólo percibo un puñado de palabras institucionales, vacías de intenciones, ni siquiera bienintencionadas, solamente cumplidoras de la agenda del día. Y del mismo modo que percibo este vídeo percibo todas las intervenciones políticas, ya sea del signo que sea. El político ha dejado se ser una persona con inquietudes para solucionar los problemas de todos y se ha convertido en un disfraz que oculta sus verdaderas intenciones personales; yo ya sólo puedo ver a los políticos como actores con un guión bien aprendido, profesionales en el arte de ocultar sus verdaderas emociones y aspiraciones, algunos hasta convertidos en personajes esperpénticos que pasados de rosca ya no sólo son incapaces de saber quiénes son, sino quiénes eran (no voy a dar ejemplos, pero hay uno famoso que tiene bigote, o tenía).

Por eso la iniciativa del 15M es necesaria. Porque es preciso renovar también el desencanto de la ciudadanía (el poder del Estado reside en el pueblo), porque mucho desencanto tampoco es bueno, porque lleva a la desesperanza, y la desesperanza a la depresión y la depresión al conformismo. Y porque un gran nivel de conformismo es lo mismo que llevar una vida con muy poca dignidad.

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Spam telefónico de Orange y mi respuesta

Hace unos días, a eso de las siete de la tarde, recibí una llamada al teléfono fijo de mi casa. Cuando descolgué, la almibarada pero firme voz de una joven al otro lado se presentó como empleada de Orange y me preguntó si yo era el titular de la línea telefónica. Lo primero que contesté es que no estaba interesado en ningún tipo de oferta, muchas gracias. Pero la joven insistió y me reformuló la pregunta. Seguir leyendo

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Cuando soy extranjero en mi propio país: opinión personal de un español que ha regresado a España

Este artículo es muy extenso, así que tomenselo con calma. Además, está lleno de opiniones, valoraciones y experiencias personales, por lo que se puede afirmar sin reservas que se trata de contenido extremadamente subjetivo. El autor no tiene intención de polemizar ni ofender, sino tan sólo ofrecer su punto de vista sobre temas de difícil justificación científica del tipo: por qué somos como somos los españoles y por qué yo los veo como creo que son.

Llevaba un tiempo pensando en escribir este artículo y por fin he reunido la decisión y la valentía de hacerlo. No podía retrasarlo más porque es ahora o nunca cuando, recién llegado a España, uno disfruta de esa especie de don mágico que es poder ver y sentir a tu país como si fuera un país extranjero, no tu país natal. Un don que tiene una duración limitada porque a medida que pasan los días las cosas que al llegar te llaman la atención se van convirtiendo en parte de la rutina diaria y desaparecen de esa zona del cerebro reservada a las cuestiones extraordinarias. Estos días en los que he estado elaborándolo me he reprochado constantemente el no haberme puesto a escribirlo antes y el no haber tomado notas (como otras veces) nada más aterrizar para dejar constancia con más exactitud de todas esas cosas que a uno le sorprenden al volver a España tras una larga ausencia.

Así es, hace unas semanas regresé de Colombia, país donde he pasado casi dos años y del que escribí hace un tiempo un extenso artículo sobre las cosas que más me han asombrado durante mi estancia allí, una especie de lista a modo anecdótico sobre curiosidades, costumbres e idiosincrasias que viví y aprendí durante ese tiempo. Ahora, instalado en España de manera definitiva creo que es de justicia (y por la parte que me toca, de necesidad personal) hablar sobre las curiosidades que he encontrado a mi regreso. O debería decir: «que encuentro siempre cada vez que regreso a España», pues desde hace quince años no he hecho más que saltar de un país a otro y regresar a Madrid cada cierto tiempo. Esto, créanme, es un hecho ventajoso que me ha ayudado no sé si ha entender mejor a los españoles pero sí al menos a ver con ojos de extranjero cómo son. Como digo más arriba, es un fenómeno psicológico pasajero que personalmente considero de lo más interesante. Convertirse en extranjero en tu propia tierra puede resultar muy enriquecedor y digno de escribir un artículo, ¡qué digo!, incluso un libro entero. La gente que no viaja, por desgracia nunca podrá ver lo que los viajeros retornados y, por supuesto, los extranjeros que llegan a España ven y sienten al estar aquí; nunca podrán apreciar ese tipo de cosas que no se pueden percibir por vivir siempre rodeada de ellas y que la falta de perspectiva hace que parezca que no existan. Pero la verdad es que sí que existen.

Y es que lo primero que me impacta cada vez que regreso es la gente.

Los españoles

En general mi impresión es que son personas sencillas, naturales, pero también que se enfadan con facilidad, dados a criticar mucho y a actuar poco (cada vez menos, eso sí, véase el 15M, etc.) y a los que les cuesta una barbaridad despedirse de manera breve; además, se me antojan poco directos cuando existe alguna controversia, sobre todo cuando son clientes; también les gusta acostarse tarde y son poco competitivos en lo que respecta al modo de vida que llevan (lo que no entro a valorar si es bueno o malo), es decir, no tienen en general grandes aspiraciones, no les preocupa «ser mejor que el vecino», o sea, tener mejor coche que él, mejor trabajo, mejor casa, etc. Aunque he oído a menudo que en España la envidia es el deporte nacional, a mí no me lo parece tanto en la vida real. Es verdad que solemos criticar a muerte a Fernando Alonso por establecer su residencia habitual en Suiza, pero muchos otros famosos españoles también lo han hecho y no les hemos puesto de vuelta y media con semejante encono. Por otro lado, aparte de esa irascibilidad que comento siento que los españoles tendemos a ser rencorosos, sobre todo en cuestiones concernientes a la vida privada, porque las que conciernen a la vida pública parece que se nos olvidan enseguida, como las promesas electorales, las declaraciones polémicas de personajes públicos relevantes, etc. Las tradiciones como los toros, el fútbol, el partido político que siempre se vota, tienen una relevancia importante en la vida de los españoles, aunque quizá no tanto como la buena cocina, y es que en España gusta mucho el comer y beber bien, casi hasta el extremo de llegar al sibaritismo culinario. También he notado que solemos tratar a los personajes famosos con una cercanía y familiaridad inexistente en otros países, como si estas personas fueran amigas nuestras de toda la vida, piropeándolos y tuteándolos.

Mi impresión de que los españoles son sencillos y naturales viene dada por el hecho de que en general carecen de ese espíritu competitivo que menciono en el párrafo anterior. Y esta afirmación me gustaría explicarla con más detalles.

Hasta hace no muchos años España era un país relativamente aislado con respecto a la influencia exterior. Esto yo lo percibo por ejemplo en la misma lengua española, muy poco contaminada por extranjerismos, en concreto anglicismos, tan de moda en otras lenguas importantes como el francés y el alemán. Y hablando de modas, también me parece notar ahí cierto aislamiento. En Alemania he visto a menudo grupos de jóvenes raperos vestidos con pantalones y cazadoras enormes escuchando hip hop, y en Colombia, concretamente en Bogotá, me sorprendió ver a tantos chicos y chicas influenciados por la estética emo. Ahora me paseo por Madrid y por supuesto que veo de todo: raperos, emos, heavies, hippies, nerds, góticos, etc.,  pero no hasta los extremos de los dos países que he mencionado. O al menos no me parece que exista una tendencia única.

Ese aislamiento del que hablo ha hecho que los españoles vivieran en una especie de burbuja que los ha mantenido ajenos a las tendencias que en otros países se han instalado con relativa facilidad y rapidez. Creo que uno de los motivos de ese aislamiento tiene que ver por la tardía incorporación de España a los países receptores de flujos migratorios. Mientras que en Alemania, Inglaterra, Francia, Italia han contado con un flujo migratorio importante y muy activo desde finales de la Segunda Guerra Mundial hasta la actualidad, generando una sociedad multirracial y multicultural, en España la entrada masiva de inmigrantes no viene de mucho tiempo atrás, yo diría que este fenómeno ha surgido como mucho hace tan sólo quince o veinte años. Esto se mide muy bien por el número de generaciones de extranjeros nacidos en el país de acogida. Mientras que en estos países europeos existen varias generaciones de inmigrantes, en España el número de segundas y terceras generaciones de extranjeros es mucho más bajo. Alemania tiene una comunidad de turcos y de ciudadanos de países del Este de Europa muy grande desde hace décadas, es decir segundas, terceras e incluso cuartas generaciones, personas que han nacido en Alemania pero que conservan el idioma materno de sus padres junto con ciertas costumbres propias de sus países de origen. En Francia ocurre lo mismo con los inmigrantes provenientes de las antiguas colonias de África y el sudeste asiático (Camboya, Laos, etc.) y en Italia otro tanto con personas de las antiguas colonias africanas de Somalia, Rumanía y de la región de la antigua Yugoslavia y Albania. Todos estos países europeos llevan recibiendo flujos migratorios desde hace más de cincuenta años, mientras que en España, por el contrario, esto es un fenómeno bastante nuevo. España fue de los últimos destinos europeos elegidos por los inmigrantes y quizá el motivo se deba a que por tradición España nunca les resultó atractiva hasta que a finales de los años 90 y principios de la primera década del 2000 se convirtió en el destino preferido. Los motivos de este hecho que me parecen más relevantes son por un lado el auge de la economía española (burbuja inmobiliaria mediante) que resultó en un efecto llamada sin precedentes. Y por otro lado su suave legislación en materia de extranjería. Unido a esto habría que considerar el endurecimiento de los requisitos de obtención de visado para entrar en los EE.UU., impedimentos adicionales que se implantaron tras el atentado de las Torres Gemelas y que también repercutió de forma negativa en la tradicional flexibilidad de Canadá para la acogida de inmigrantes, lo que hizo que el flujo migratorio principal de América Central y del Sur cambiara su destino habitual, como digo EE.UU. y Canadá, por España, que entonces comenzaba a dar una imagen similar al de una tierra prometida: economía creciente + paro moderado o contenido + mayores oportunidades de trabajo + facilidad de acceso al país = aumento de la inmigración = ruptura progresiva del aislamiento.

¿Pero qué tiene que ver el aislamiento con esa falta de espíritu competitivo? Para mí está claro. Una sociedad poco heterogénea y aislada donde se vive relativamente bien y sin carencias importantes se produce una tendencia hacia el conformismo, a estar de acuerdo con la situación en la que se vive, a acomodarse en la rutina diaria, a no mirar más allá del entorno próximo porque no hay ninguna necesidad de hacerlo. Los españoles hemos vivido durante los años ochenta y noventa épocas difíciles, es cierto, como el paro desbocado de 1994 con una tasa de desempleo del 24,1%. Pero en aquel entonces las crisis económicas y sociales se producían más por efectos de las sinergias internas que externas, como ocurre hoy en día en este país hiperglobalizado en el que la crisis de un país arrastra al resto. En cualquier caso, esos períodos de dificultad de los años ochenta y noventa fueron breves y por lo tanto de una repercusión no tan devastadora como la crisis actual, que recordemos comenzó en 2007. No fueron suficientemente graves como para generar la necesidad en la población española de «abandonar el barco» y marchar al extranjero en busca de una vida mejor.

Me gusta pensar que durante las últimas décadas España ha sido un país aislado no por propia voluntad, sino por circunstancias ajenas a él. Un país con las fronteras siempre abiertas pero que ningún extranjero quería traspasar para quedarse ni que ningún español sentía la necesidad de abandonar para buscarse una vida mejor porque no era necesario. Como he dicho, se vivía sin grandes lujos pero también sin ninguna carencia importante. Y para muestra un botón: nuestra Ley de extranjería es del año 2000 y la primera regularización masiva de extranjeros en estado de irregularidad, los «sin papeles», se llevó a cabo en 2001. Esto debería ser un dato más que llamativo e indicador de lo «tarde» que el gobierno español sintió la necesidad de legislar este fenómeno social y del «ritmo propio» que ha llevado España con respecto a los países más relevantes en cuestiones de recepción de inmigrantes de la Unión Europea.

Como digo, este aislamiento involuntario puede ser uno de los motivos por los que en la idiosincrasia española no se han introducido elementos del exterior. Por ejemplo, casi nadie de mi familia sabía hasta hace muy poco para qué servía en realidad un visado, desconocía por completo las dificultades que existen para conseguirlo y por tanto la enorme satisfacción que supone obtener uno para poder ir a trabajar a otro país. Cuando estaba en Colombia la mayoría de la gente que conocí no sólo estaba al corriente de este tipo de trámites, sino que todos sabían de alguien más o menos cercano que se había marchado al extranjero buscando una vida mejor. Es verdad que España vivió una época de emigración, pero eso ocurrió durante los años sesenta y setenta, cuando las economías de países europeos importantes como Francia, Alemania, Suiza, Holanda, demandaban una mano de obra que no podían satisfacer en sus propios países. Esa fiebre emigratoria española terminó y desde finales de los setenta hasta ahora en España no existía la necesidad de buscar una mejor vida fuera. Pero como digo, eso ocurrió hasta ahora. Porque desde hace unos tres o cuatro años, debido a la crisis mundial y a los alarmantes niveles de paro, en España se está dando otra vez este fenómeno. Los españoles se han vuelto a convertir poco a poco en emigrantes. Si no me creen, lean este, este, este o este artículo.

Tras mi paso por Colombia me he dado cuenta de que la sociedad española, probablemente debido a este aislamiento y quizá también a otros motivos sociológicos y culturales, suele tener un desconocimiento mayor sobre América Latina que los hispanoamericanos tienen de nosotros. En Bogotá oía a menudo que al referirse a España lo hacían llamándola «la madre patria» y muchas veces me sorprendía cuando me mencionaban eventos históricos, personajes famosos, fechas destacadas de la historia de España. Poco después me contaron que en la escuela se estudia la historia y la literatura españolas casi con la misma profundidad y diligencia con la que se estudia en España. Y me consta que esto ocurre en casi todos los países hispanohablantes de América Latina. Sobra decir que este fenómeno no es recíproco. En mi caso, recuerdo que en el colegio el profesor de Historia nos habló del Descubrimiento de América en unos pocos días y sobre el tema de la pérdida de las colonias se detuvo tan sólo los minutos finales de una clase. De la literatura hispanoamericana ni siquiera hubo ningún tipo de mención. Está claro entonces que los hispanoamericanos saben más de los españoles que los españoles de éstos y muchas veces por esa nuestra ignorancia, confundiendo un uruguayo por un argentino, un boliviano por un mexicano, etc., desconociendo los acontecimientos históricos de esa región en los que fuimos también protagonistas, lo que hacemos es quedar en evidencia de nuestra pobreza cultural y menospreciarlos.

Pero esa ignorancia sobre América Latina y sus pueblos con los que tenemos tantos lazos históricos y culturales no sólo se da a nivel de calle, entre la gente de a pie, sino que también se produce a otros niveles donde su existencia es aún más vergonzosa. Me refiero a la industria cultural española en general y a las casas editoriales en particular, que ven Hispanoamérica como un sector más de mercado, pero al que no tratan con el respeto que deberían.

Amigos compatriotas, españoles todos, déjenme que les haga una sencilla pregunta: ¿ustedes cómo se han sentido cuando en alguna ocasión, por ejemplo durante un viaje en avión, se han visto obligados a ver una película con doblaje hecho en América Latina? A que les ha resultado raro escuchar esas voces y esos dejes musicados y cadenciosos del español latino y esas palabras en desuso (para nosotros) o arcaicas o desconocidas, ¿Verdad que sí? Pues créanme que esta sensación es recíproca y que a los hispanohablantes les chirría también el doblaje de las películas en español castizo. Pero lo más grave, a mi entender, son las políticas lingüísticas de las editoriales españolas en lo referente a las traducciones de libros escritos en otras lenguas. Lo que hacen estas empresas es encargar una traducción a un profesional español y comercializar esa versión peninsular en todo el mundo hispanohablante, sin importarles que el lector argentino tenga que acomodarse a expresiones tan incómodas como «antes de que saliera por la puerta le cogió por el brazo» o el lector colombiano a expresiones del tipo «el niño, con la cara pegada al cristal, se quedó mirando la bandeja de los bollos», por no mencionar todas aquellas palabras propias del español de España que no existen en los demás países hispanohablantes (localismos, regionalismos, argots, etc.) y que por lo tanto no se entienden. Me consta también que se han hecho aberraciones lingüísticas que deberían ser denunciadas a la Corte Penal Internacional, como la corrección (no adaptación) innecesaria de palabras o expresiones en traducciones realizadas por profesionales hispanoamericanos para su distribución en España. Repito: correcciones innecesarias de expresiones que aunque no son habituales en España se entienden a la perfección, algo bien distinto a realizar un trabajo de adaptación (o como suele llamarse ahora, localización) para el país de destino. Como traductor, soy muy sensible a estas cuestiones y me parece muy injusto que las editoriales españolas carezcan de la empatía necesaria y actúen de forma tan zafia y dictatorial con estas políticas lingüísticas.

Cada vez que regreso a España lo que no deja nunca de sorprenderme es la rapidez, el volumen y el temperamento con el que hablamos. Porque hablamos muy rápido, como si el interlocutor tuviera siempre prisa o no tuviera nunca tiempo de atendernos o como si nosotros no tuviéramos el tiempo necesario para contarlo todo si no fuera hablando a toda velocidad. Esto siempre me ha llamado la atención nada más llegar a España y nunca he conseguido averiguar un motivo que me satisficiera: somos así, es una cuestión cultural, hablamos rápido y punto. Porque en los demás países hispanohablantes, a excepción quizá de algunos países caribeños donde tienen fama de hablar rápido también, la velocidad a la hora de hablar es mucho más cadenciosa. Sin embargo, estoy convencido de que hablar rápido implica una serie de desventajas de las que no son conscientes los españoles:

  1. Es más difícil organizar el discurso y muchas veces éste suele resultar caótico.
  2. Es más fácil olvidarse algo de lo que queremos hablar, de matizar con detalles, porque nos concentramos en decirlo todo en el menor tiempo posible.
  3. La persona que habla muy rápido suele interrumpirse en el discurso, y trabarse y corregirse con más frecuencia que aquél que habla más despacio.
  4. Cuando varias personas hablan rápido es difícil no dejarse contagiar y no terminar hablando rápido uno también.

En todos los países en los que he vivido estos últimos quince años, en Alemania, Italia, Canadá y Colombia, en todos ellos sin excepción, la cadencia del discurso del hablante es mucho más lenta que la del español. Recuerdo que al principio de mis viajes, mis amigos alemanes me aseguraban que los españoles hablábamos muy rápido y a mí me resultaba muy curiosa su observación. Es más, no me la creía. Estaba convencido de que tenían una apreciación equivocada. Pues bien, ahora, después de tres lustros en el extranjero y de observar a España como un foráneo, les doy toda la razón. De entre todos los países en los que he estado, si acaso ha sido en Italia donde me ha parecido que la gente hablaba a un ritmo ideal y donde me ha resultado difícil ver que el interlocutor se trabara o se interrumpiera al hablar. Estoy convencido de que esto se debe al ritmo en el que hablan los italianos. En Colombia también se habla mucho más despacio que en España y es difícil ver a alguien trabarse en el discurso o «corregirse» con muletillas del tipo «no, osea…», «lo que quiero decir es que…», «vamos, que me refiero a que…» porque se le han agolpado tantas ideas a la vez que el resultado es caótico.

Cuando después de muchos meses en el extranjero llego a España siento como si tuviera que acelerar las revoluciones del centro del habla del cerebro para situarme al mismo ritmo que los demás compatriotas. Es algo que al principio me cuesta, pero que pasados unos días consigo ya sin apenas esfuerzo. En lo que todavía no he conseguido «integrarme» es en emplear el volumen y el temperamento españoles. Es decir, en hablar alto y con tono firme, como encrespado. Y es que los españoles muchas veces hablamos como si estuviéramos enfadados, algo que hacemos tanto con gente que conocemos como con desconocidos, lo que me sorprende aún más.

Hace no mucho, el día después de mi último regreso a España fui a una ferretería a comprar un convertidor de corriente para un aparato eléctrico que mi pareja había adquirido en Toronto y este fue más o menos el diálogo que tuvo lugar:

—Buenos días. Necesito un convertidor de corriente de 110 a 220 voltios.

—Vamos a ver —responde la ferretera frunciendo el ceño—, ¿y para qué aparato es? Porque habrá que saber para qué aparato es, ¿no?, digo yo. Porque yo tengo varios por aquí… —se pone a buscar—, pero puede depender del aparato, ¿eh?

Me aclaro la voz, algo desconcertado, porque el tono de enfado de la mujer me ha pillado por sorpresa.

—Es para un alisador de pelo que he comprado en Canadá.

—¡Ah, bueno! Para un alisador de pelo… Pues, no sé. Habría que ver las especificaciones del aparato, ¿eh? Porque yo te lo vendo, lo pones en tu casa y luego te rompe el alisador y vienes aquí a devolvérmelo.

Ante semejante cháchara crispada, le dije que se olvidara del convertidor y le pedí otras cosas que necesitaba comprar, sin evitar que al salir de la ferretería me embargara una sensación algo violenta, como la que le queda a uno tras una acalorada discusión.

Cuando lo pienso, esta escena típica pero real me ha ocurrido muchísimas veces en España. Lo que la hace especial es que me ocurrió el día después de llegar a España tras pasar mucho tiempo en Colombia, donde los vendedores desprenden una cortesía especial con los clientes. Es decir, venía «mal acostumbrado» y «fuera de forma» para enfrentarme al vendedor español, que suele ser de todo menos cortés y solícito; y de ser algo, es todo lo contrario, más bien malgeniado y perdonavidas con un estúpido sentido de la superioridad que nunca entenderé.

Sin llegar al nivel de desaprobación de Arturo Pérez Reverte, a mí también me desagrada la forma tan tosca que tenemos los españoles de hablar y de abordarnos unos a otros. Porque, de verdad, somos muy mal hablados y si no me creen, lean este interesante artículo, o este otro, o este, que se lo corrobora. O si siguen reacios a creérselo, pregunten a algún extranjero a ver qué responde. Lo curioso es que todo lo que tenemos de maleducados lo tenemos de comedidos y apocados cuando el español es cliente. Pero este concepto lo voy a explicar un poco más adelante.

Un ejemplo de tosquedad es el que he reproducido con la escena de la ferretería. Sin embargo, esa buena señora ferretera también fue maleducada porque ni me dio los buenos días al entrar ni me dijo adiós al salir ni con su «vamos a ver» pareció estar contenta de tener un nuevo cliente en su tienda. No me malinterpreten, yo puedo vivir sin estas fórmulas de cortesía, tan fino no soy, lo que no puedo evitar es sorprenderme de que seamos nosotros así mientras que en el resto de países sean todo lo contrario, al menos, repito, en los países en los que yo he vivido (y por experiencias de amigos y conocidos me consta que se es más amable en muchos más países de los que yo conozco). Por ejemplo, en Colombia el trato al cliente diría que es excelente, quizá demasiado edulcorado. Los vendedores, cuando pasas por delante de su comercio, te abordan con frases del tipo «¡Adelante, siga!» o bien «¡A la orden!, ¿qué necesita?», y la gente en general es muy cortés. Aún me acuerdo la primera vez que yendo en el ascensor del edificio donde vivía en Bogotá, los vecinos que se quedaban en pisos antes del mío decían al salir: «con permiso», que es la misma fórmula de cortesía que allí se emplea cuando entras en la casa de alguien.

No obstante, ocurre un fenómeno llamativo. Y es que, como decía antes, cuando el español se convierte en cliente muestra toda su timidez y apocamiento, y mete no sé dónde ese temperamento que tantas veces saca a relucir en otras ocasiones y que tan molesto me resulta. Un buen ejemplo de ello ocurre en la hostelería. Con los años y durante mis regresos a España he venido comprobando cómo el sector de la hostelería ha ido reduciendo la calidad del servicio (mientras que a la vez ha ido aumentando los precios, aprovechando entre otras cosas la entrada del euro), ofreciendo peor calidad de alimentos (¿dónde está la salsa picante casera de las patatas bravas de toda la vida? Ahora es de bote y no pica nada), reduciendo el tamaño de las raciones, de las botellas de refrescos, de las tazas de café. Pero hay algo que no ha cambiado en todo ese tiempo y es el trato al cliente. Yo sé (porque no he nacido ayer) que de toda la vida la «cultura del bar» participa de cierto deje de spaghetti western. Es decir, los bares son centros de reunión de tipos duros, donde uno no puede decir ni por asomo: «Buenos días. Por favor, ¿podría ponerme un café con leche?» porque se te ríen en la cara. Allí uno entra y grita: «¡Eh, chico! ¡Ponme uno con leche!». Y no sé si es debido a ese ambiente de machos alfa en el que se mueven los camareros y en el que no pueden mostrar un resquicio de persona civilizada y educada porque se reirían de ellos o a la mierda que les pagan o a las dos cosas a la vez que por lo general no soporto su forma de tratar a la clientela. Los camareros son los reyes del mambo y la terraza o las mesas del bar son su reino. Y el cliente español es un mero súbdito que por supuesto se va a tragar sin rechistar la mierda de croquetas revenidas que le pongan.

Recuerdo con nostalgia un día en un chuzo de playa de la costa alicantina en el que estaba con varios amigos y cómo nos pusimos todos porque yo me quejé al camarero (sobra decir que con educación) porque las patatas fritas que me había servido en el plato combinado estaban negras, no sé si porque el aceite que habían usado para freírlas provenía del paleolítico inferior o porque se les habían quemado. El camarero me miró con cara de extrañeza, como intentando entender el idioma en el que le estaba explicando que me las cambiara y al final, no sin cierto gesto molesto, se llevó el plato. Mis amigos me increparon que «ya me valía», «que tampoco era para tanto», «que vaya exagerado». El camarero regresó con las patatas nuevas, que estaban ligeramente, pero sólo ligeramente más doradas (o sea que el problema estaba en que el aceite era del paleolítico inferior), así que volví a llamar al camarero y a decirle que me cambiara de nuevo las patatas. Me miró con cara de odio, dijo algo que no quiero recordar y se las llevó. Regresó al rato con otras patatas recién fritas (estaban muy calientes) y bastante renegridas, no tanto como las anteriores, pero lo suficiente como para mantener un aspecto desagradable. Aquel día pagué un plato completo y dejé la mitad. Pero no sé si me sorprendió más la reacción del camarero o la de mis amigos, que pretendían quitar hierro al asunto. Tiempo antes a lo ocurrido en el chuzo de la costa alicantina estaba yo almorzando en un restaurante modesto de la ciudad de Würzuburg, Alemania. Cuando me llegó el Wiener Schnitzel (escalope a la vienesa) y probé una de las patatas fritas (siempre las patatas, oyes) me di cuenta de que estaban poco fritas, vamos, estaban medio crudas. Llamé a la camarera y le expliqué el problema. Ella puso cara de preocupación, se disculpó, cogió el plato y al rato me lo trajo con las patatas recién hechas y perfectas. Ah, y por supuesto, me pidió disculpas nuevamente.

Y es que cuando el español se convierte en cliente se produce una transformación y el sentido de la dignidad, de exigir lo justo, de solicitar el servicio o el producto por el que se está pagando suelen esfumarse como por arte de magia. El cliente español es manso, apocado y maleable, se lo traga todo sin rechistar y sin poner ningún inconveniente. Y eso, amigos míos, los vendedores lo saben y se aprovechan de ello. Mi queja en este sentido va encaminada a que toda esa mala leche que nos gastamos los españoles no la solemos aplicar en aquellas situaciones en las que se trata de reivindicar nuestros derechos.

Pero voy a ir terminando este apartado, que se me está alargando más de lo que esperaba. Voy a cerrar esta parte mencionando un aspecto de la idiosincrasia española que me gusta. Y es que somos una sociedad en la que por lo general no prevalecen ciertos valores exclusivistas ni prejuzgamos a la ligera a los demás. Somos poco o nada clasistas. Por ejemplo, para la mayoría de los españoles la universidad donde uno ha estudiado no es ningún indicativo del estatus social ni económico de esa persona, como sí ocurre en el Colombia o en Japón. En este sentido los españoles solemos ser bastante neutrales y esas características de una persona no nos suelen importar ni las solemos traducir en aspectos clasificadores. En Colombia, si uno dice que ha estudiado en la Universidad de los Andes inspira respeto y rezuma cierto estatus, mientras que si dice que estudió en la Universidad Libre hace que la gente te mire con otros ojos y que piense que provienes de un estrato social bajo. Lo mismo si en Canadá uno dice que cursó su carrera en la McGill University o en Japón en la Universidad de Tokyo.

El horario español

Cuando uno nace en un país como España en el que se come a las tres de la tarde y se cena a las diez de la noche y no se va a dormir antes de las doce, donde se entra a trabajar a las nueve o diez de la mañana, se para a las dos de la tarde para comer y se vuelve a trabajar a las cuatro o cinco para salir a las siete u ocho de la noche, uno está convencido de que el resto del mundo se mueve según este horario, cuando en realidad debemos ser el único país que tiene semejante organización temporal.

He investigado un poco los orígenes de semejante particularidad y parece ser que este horario no viene de mucho tiempo atrás, sino que surgió durante la posguerra debido a que la mayoría de la gente, para poder subsistir, tenía que realizar dos trabajos. El primer trabajo, de jornada completa (por ejemplo de 6 de la mañana a 2 de la tarde) provocaba que la hora del almuerzo se retrasara hasta las tres para poder luego continuar en el segundo trabajo, de media jornada (de 16 a 20 h). ¿Y por qué ahora no se cambia este horario tan extravagante si las circunstancias que lo provocaron ya no existen? Yo creo que porque es muy difícil deshacer una costumbre tan arraigada a la que tampoco ayuda la distribución horaria que tienen las televisiones. Porque por lo general, los telediarios suelen retransmitirse a las 15 h y a las 21 h, es decir, a la hora actual de comer o de cenar. No sé si cambiar el horario español a través de una ley sería aconsejable, pero de lo que no hay duda es que nuestro horario es absurdo y de todo menos productivo, por no decir que irreconciliable con una vida privada y laboral adecuada.

La televisión

Pero la televisión también es absurda en España. Somos el único país del mundo cuyo prime time se sitúa entre las 22 y las 00 horas. Ni conozco de entre todos los países en que he vivido uno que tenga tantos programas del corazón. Ojo, no digo basura, porque ahí sí creo que nos ganan en Italia con los aburridos tv magazines y sus belline (mujeres florero) que aparecen sin cesar en los canales de Berlusconi.

Yo llevo años sin ver la televisión de forma regular. En el piso donde viví por última vez en Colombia resulta que por circunstancias desconocidas al conectar el televisor descubrí que podía ver canales de pago. Pero lo que en un principio me llegó a alegrar, en seguida me dejó indiferente. Las películas eran malas, las series peores y lo más bajo eran los realities en canales en principio serios, como Discovery Channel o National Geographic. ¡Dios mío, qué programas tan bochornosos! ¿¡Y la gente paga para ver bostas como Preparados para el fin del mundo, Coleccionistas de chatarra, El código Vaticano, Los indestructibles, Los cazadores de mitos, Aficionados a las armas, Destruido en segundos!?

Pero me vuelvo a desviar del tema. Y el tema es la televisión en España. Lo que a mí me parece insoportable no son tanto los programas basura ni los del corazón (acaso son lo mismo) que pueblan las parrillas de todas las cadenas, sino los programas de debate. Sí, los que no puedo digerir son los programas de debate ni los espacios reservados a debate de programas de actualidad, ya sean sobre temas políticos o de cualquier otra índole. Y es que me resulta exasperante la tendencia de los contertulios a interrumpirse y a hablar a gritos. Hagan la prueba. Pongan un programa de debate y esperen a ver el gallinero que se forma. Pues este hábito, señores, da una imagen lamentable de nosotros frente a los extranjeros que tienen la mala suerte de encontrarse con semejantes programas mientras hacen zapping. Yo diría que es casi una costumbre establecida a nivel nacional eso de interrumpirse unos a otros y de chillarse durante una conversación para hacerse oír. Lo peor es que desde la televisión se fomente esta práctica. En concreto a mí me crispa que me interrumpan cuando hablo, quizá porque me he «malacostumbrado» durante mi larga estancia en el extranjero, pues si hago memoria me consta que yo también solía interrumpir a mi interlocutor y hablar a gritos en el círculo de amigos para contar el chiste más gracioso o la anécdota más interesante o sólo porque era incapaz de esperar a que el otro acabara para decir lo que quería.

El sistema de transporte

En mi humilde opinión me parece que España tiene un sistema de transporte excelente. Las comunicaciones y las posibilidades de viajar a casi todos lugares del país con la red de carreteras o el transporte público es algo de lo que siempre me acordaba cuando en Alemania tenía que esperar una eternidad para que pasara el bus que me debía dejar en el pueblo de al lado, a tan sólo 5 kilómetros, un bus que a partir de las cinco de la tarde pasaba por última vez. O en Italia tener que pagar un pastón para desplazarme en tren más o menos la misma distancia porque no había líneas de bus que hicieran esa ruta. Lo mismo en Canadá.

En España existe una red de trenes llamados de cercanías que funcionan muy bien, tienen amplios horarios y una frecuencia de paso más que aceptable. Lo mismo ocurre con las líneas de autobús, que te pueden llevar a casi cualquier lado. Pero una de las mayores ventajas, que poco a poco está desapareciendo por intercesión política, es el precio del billete. En España es, o debería decir, era, barato viajar en transporte público. Porque en los últimos años los precios del transporte han subido de forma considerable. Por ejemplo, el abono mensual B1 para la ciudad de Madrid y con el que se puede viajar en todos los medios de transporte públicos dentro de un radio de 40 km cuesta a día de hoy 55,50 €, mientras que el abono mensual para la ciudad de Toronto cuesta 121 dólares canadienses, que al cambio son unos 89 €. Ahora miren el mapa del metro de Madrid y compárenlo con el de Toronto. En cualquier caso, si lo comparamos con sistemas de transporte de otros países, el nuestro sigue siendo más barato en términos absolutos y en ocasiones más desarrollado, algo de lo que deberíamos congratularnos.

El sistema educativo

De lo que no deberíamos estar tan orgullosos es del sistema educativo. No es que sea un sistema malo, que no lo es, es que el nivel que exige el sistema es muy bajo. En pocas palabras: una cosa es que el sistema funcione bien y otra es que sea bueno. En España la educación por antonomasia es la del sistema público de enseñanza. Es un sistema que como tal funciona muy bien. Los colegios públicos están diseminados por todo el país y salvo algunas dificultades de matriculación en algunas zonas debido al aumento de la población en general y la inmigrante en particular (la cual tiene reservada por ley unas pocas plazas) la educación pública es más que solvente y ofrece la oportunidad de estudiar a todo el mundo sin considerar su condición social o nivel económico.

Ahora bien, no quiero decir con esto que el nivel educativo sea óptimo. Sin menospreciar la labor de los profesores a los que, junto con el colectivo de médicos, admiro en gran medida por la labor social que realizan y que tan poco se les reconoce, me parece que el nivel de la educación (primaria, media y superior) en España es muy bajo. Esto, además, no les compete a los profesores, quienes se limitan a dar los programas educativos que les imponen desde el Ministerio de Educación. Así que no es culpa del profesorado que el nivel educativo en España sea muy bajo. Yo he estudiado en Alemania e Italia y en ambos países el nivel es mucho mayor al de España. Tanto en la universidad alemana como en la italiana los profesores dan sólo una parte de la asignatura, debiendo preparar por su cuenta el alumno el resto de la materia. Por ejemplo, en Italia estudié, entre otras, la asignatura de Literatura italiana desde los orígenes hasta el Cinquecento y el profesor tan sólo nos habló en clase de Francesco Petrarca y su obra. Esto es como decir que nos enseñó un 1% del contenido de la asignatura. El resto tuve que estudiarlo por mi cuenta a base de leer libros y de asistir a seminarios, de nuevo, especializados en temas muy concretos. Siguiendo con Italia, los niños van al colegio de lunes a sábado y es muy difícil conocer a un italiano que no se sepa de memoria muchos de los versos iniciales de la Divina Comedia de Dante. Esto no hace mejor su sistema educativo. En Italia y en Alemania el nivel es superior al de España porque el listón, el nivel de exigencia es más alto. Los exámenes suelen ser orales y se le exige al alumno que demuestre que sabe de verdad sobre la asignatura. Unas asignaturas que abarcan miles de páginas de bibliografía y que sólo son, además, la punta del iceberg, porque durante el examen los profesores no sólo preguntan cuestiones generales del tipo ¿cuáles son las características principales del dolce stil novo?, sino que exigen al alumno que se exprese con corrección, dé nombres, fechas, relacione conceptos y analice aspectos científicos. En Italia, además, por ley los exámenes son públicos y la asistencia está permitida a todo aquel que quiera presenciarlos, algo que aterroriza al estudiante novato pero que a la larga resulta muy beneficioso porque ayuda a perder el miedo escénico de hablar en público, lo que se agradece, por ejemplo, para las entrevistas de trabajo.

Otro argumento por el que afirmo que en España el nivel es bajo es porque en el sistema educativo se daban condiciones impensables en otros países. Por ejemplo, hasta hace un año los estudiantes españoles de Derecho podían ejercer nada más terminar la carrera, sin necesidad de realizar prácticas ni de hacer una tesina de fin de carrera ni de aprobar un examen de reválida. Terminada la carrera uno podía colegiarse y desde ese momento ya podía atender un juicio. En Italia, Alemania y en la mayoría de los países que conozco eso es imposible. Uno de mis amigos italianos, estudiante de Derecho, pasó los dos últimos años de carrera haciendo prácticas en un despacho de abogados. Cuando estaba escribiendo la tesina final de carrera (algo no obligatorio en España hasta la reforma) dormía escasas cinco horas al día y me aseguraba que en el examen final le podían pedir que reprodujera de memoria cualquier artículo del Código Civil. Eso es a lo que me refiero con poner el listón alto. Es cierto que ahora en España para poder ejercer como abogado hay que pasar una reválida, pero como digo, esto se debe a un cambio muy reciente que además viene provocado por la implantación del Plan Bolonia. O sea, que viene impuesto de manera externa.

Seguridad

España es uno de los países de Europa más seguros. Uno puede por lo general pasearse con cierta tranquilidad a cualquier hora del día y de la noche por cualquier lugar. Esto no quiere decir que no haya que estar siempre alerta por lo que pueda pasar. En el metro y en los lugares muy turísticos, como en Madrid la Plaza de Sol, Gran Vía, la Plaza España, el Paseo del Prado, Atocha, etc. hay que ir con cuidado para que no le metan mano a uno a la cartera. Porque en Madrid (y en otras ciudades grandes como Barcelona), aunque no haya unos índices de criminalidad altos ni de carácter peligroso (asaltos o robos a mano armada, asesinatos, secuestros etc.) sí que está poblado de carteristas, personas muy hábiles que son capaces de robar la cartera o el móvil sin que la víctima se dé cuenta.

Además, la amenaza terrorista parece que está en sus horas más bajas con la detención de numerosos presuntos terroristas, el descubrimiento de zulos con material para atentar y la reciente declaración de la banda terrorista ETA de cesar de forma definitiva la actividad armada. Aunque hay que tomarse todo esto con la precaución debida, la sensación que tengo al estar en España es de cierta seguridad.

Dejando el tema del terrorismo a un lado, en Madrid me han robado dos veces y lo han intentado otras dos. La primera vez fue en una cafetería de la Calle Arenal. Estaba yo en una cafetería sentado en una mesa colocada en una esquina del local, es decir, a mi espalda y a mi mano derecha tenía la pared y enfrente se sentaba un amigo. Estábamos hablando de nuestras cosas cuando de repente se acercó un chico joven con aire despistado y se agachó como si se estuviera atando los cordones de un zapato. No le hicimos mayor caso y seguimos conversaldo. Entonces cuando me quise dar cuenta, el tipo había abierto mi mochila, la cual tenía a mi lado izquierdo en el suelo, y había metido la mano dentro, rebuscando. Salté de mi silla y le empujé para que soltara mi mochila. El chico me miró como si estuviera drogado, le costaba hablar pero se disculpó y se dirigió a la salida. Yo seguí increpándole hasta que salió del local. Cuando regresé a la mesa me senté y me quedé un rato pensativo, conversé algo con mi amigo sobre lo que había ocurrido y entonces cogí la mochila. El walkman había desaparecido (sí, fue hace un tiempo ya de esto). Me dirigí corriendo hacia la salida, pero el ladrón se había esfumado.

La segunda vez que me robaron fue, ¡atención!… en el Monasterio de El Escorial. Teníamos intención de visitarlo unos amigos alemanes y yo, así que nos dirigimos a consigna para dejar nuestras mochilas, pues habíamos llevado nuestro almuerzo en forma de bocadillos y no nos dejaban entrar con ellas a la espalda. En consigna nos atendió una mujer que nunca olvidaré. Estaba sentada detrás de un mostrador alto y leía con descaro una revista del corazón. Cuando le dijimos que veníamos en grupo y que queríamos dejar nuestras cosas ella nos señaló una especie de cesta grande sin ningún tipo tapa o cierre que se encontraba en el lado del publico, es decir, frente al mostrador y por tanto accesible a cualquier persona. Mis amigos alemanes empezaron a meter ahí sus mochilas, pero yo me acerqué de nuevo a la empleada y le pregunté con buenas maneras si aquello era seguro, si no tenía otra cesta en el interior de la sala, detrás del mostrador. Ella soltó la revista del corazón con gesto asqueado y me respondió que por supuesto la cesta que me había ofrecido era segura, que para eso estaba ella ahí, que si yo insinuaba que ella no sabía hacer su trabajo. Le dije que no dudaba de su diligencia y buen hacer pero le insistí en que no me parecía seguro tener la cesta fuera a la vista y acceso de todo el que entrara en la sala de consigna. Ella cerró la conversación con una frase demoledora: «pues esto es lo que hay, si no te gusta ya sabes dónde está la puerta». Como no quería defraudar a mis amigos accedí, cabreado, a dejar mi mochila en aquella cesta y entramos al Monasterio. Tras la visita volvimos a la sala de consigna a recoger nuestras cosas, pero mi mochila no estaba. Todos mis amigos recogieron la suya pero la mía se había esfumado. La mujer seguía en su puesto leyendo tranquila la revista del corazón. Me acerqué a ella y le dije que mi mochila había desaparecido. Ella levantó la mirada hasta mí y preguntó si yo estaba seguro de que la había dejado en la cesta. En ese momento entendí que se estaba riendo de mí y la convertí en el primer sospechoso del robo. Le volví a insistir; fue necesario hacerlo varias veces hasta que apareció un encargado de seguridad. Le expliqué lo sucedido y para mi asombro me hizo la misma pregunta que la mujer: si yo había dejado de verdad mi mochila en esa cesta. Antes de que pudiera explotar de indignación recibió una llamada en su walkie. Alguien había encontrado una mochila en uno de los servicios del interior del Palacio. Mis amigos se quedaron fuera y yo entré con el encargado de seguridad. Era mi mochila y de su interior faltaba mi flamante segundo walkman que mi padre me había regalado pocas semanas antes en sustitución del que me habían robado la primera vez. Entonces le dije al tipo de seguridad que quería una hoja de reclamaciones porque entendía que había habido negligencia, a lo que él respondió que esas hojas no servían para nada pero que si quería una me la daba. Antes de marcharme no pudo evitar decirme que hiciera memoria porque lo más probable es que hubiera sido yo mismo quien hubiera olvidado mi mochila en el baño y otro visitante se hubiera llevado el walkman. Le miré con odio y le contesté que eso era imposible porque en el acceso de entrada al Monasterio ellos mismos se encargaban de echar para atrás a todo aquel que llevara mochilas o bolsos conminándole a pasar por consigna. Pero tenía razón en una cosa: que las hojas de reclamaciones no sirven para nada.

Independientemente de si ese walkman se encontraba o no bajo alguna profecía cósmica según la cual estaba condenado a serme extraído por los siglos de los siglos, esas dos experiencias y las innumerables veces que he sido objeto de intentos de extracción de cartera por parte de ladrones de poca monta que pueblan las líneas de metro de Madrid, España es un lugar en el que me siento más bien seguro. Lo que no quita que yo siempre advierta a mis amigos extranjeros de que tengan cuidado al pasear y que nunca, NUNCA dejen sus cosas sin vigilancia, porque como dice el refrán: «hombre prevenido vale por dos».

Gastronomía

La cocina española es variada y muy sana. Sólo tengo que recordar mi infancia y adolescencia y en seguida me viene a la mente mi madre cocinando dos o tres veces a la semana pescado (gallos a la plancha con patatas tontas, merluza en salsa), carne otras tantas veces (filetes de pollo empanados, cinta adobada con puré de patata), la ensalada y el pan siempre en la mesa, platos variados de legumbres y verduras otro tanto de lo mismo (lentejas, judías pintas o blancas, guisantes con jamón, espinacas con bechamel) y siempre fruta para el postre, que era sagrado y de obligado cumplimiento. Una variedad culinaria semejante no he encontrado en los países en los que he vivido todo este tiempo. No con esto quiero decir que se coma peor o mejor en España, sino que se come de todo.

Asimismo, durante estos años he notado a este respecto algo negativo en España y es que la calidad de los productos frescos se ha ido reduciendo de forma considerable. Desde hace años los tomates, aunque tengan una pinta estupenda, un color rojo fantástico y una tersura asombrosa no saben a nada de nada. Lo mismo ocurre con las zanahorias o las cebollas o los pimientos. La fruta y la verdura se ha industrializado y pondría la mano en el fuego que su cultivo no debe ser muy natural, ergo tampoco muy sano.

Para este tipo de cosas basta con comparar y yo he tenido la ocasión de hacerlo cuando viví en Colombia, donde la industrialización de ciertos sectores de la economía, como el de la agricultura, aún no se han desarrollado hasta niveles de países de primer mundo. ¿Cuál es la consecuencia? Pues frutas y verduras naturales, sin procesos mecanizados y con un sabor real, carnes que al cocinar no se ahogan en agua, pescados tiernos y jugosos, etc. La primera vez que compré tomates y zanahorias en un supermercado de barrio en Bogotá me quedé sin habla por el sabor tan rico que tenían. Y eso que la fruta de verdad es la que se vende en los mercados de los pueblos, adonde llega desde el campo sin ningún tipo de procesamiento adicional ni intermediarios. En España, no hace muchos años las zanahorias y los tomates sabían a zanahoria y tomate. Y ahora eso ha dejado de existir.

Por otro lado está el uso del aceite y las frituras. Recuerdo que durante una época en la que viví casi dos años ininterrumpidos en España para terminar la carrera solía verme con varios amigos italianos y un día me reprocharon que los españoles freíamos mucho. Una cuestión análoga a la de aquel amigo mío alemán que afirmaba que hablábamos muy rápido. Al principio mi reacción fue de negar la mayor. Me parecía imposible que en España nos pasáramos el día friendo, pero después fui a Italia por un año y comprendí por qué lo decían. Allí viví en un piso compartido con cuatro estudiante italianos y adoptamos la costumbre de hacer la compra conjunta y cocinar entre todos. Cuando les propuse comprar barritas de pescado congelado (porque de otro modo de comer pescado nada de nada) todos accedieron, pero cuando les propuse que al menos una vez por semana comiéramos dichas barritas todos se negaron. Y es que en Italia apenas se fríe. Y cuando se decide freír algo se suele utilizar mantequilla, como hacen en Alemania. De aceite de oliva nada. Así que cada semana, a pesar de su disconformidad, yo me dedicaba a freír unas barritas de merluza para consumo propio. Ellos siempre se me acercaban con las aletas de la nariz comprimidas y me decían: Mannaggia, un’altra frittata!

Colophon – Naves en llamas más allá de Orión

Al final, mi relación personal de amor-odio con respecto a mi país, España, no deja de ser similar a la de los países en los que he vivido todos estos años de andanzas. Por un lado está la sensación de estar en un entorno familiar, en el hogar, donde todo lo que ocurre me es conocido y no me supone esfuerzo alguno comprender (aunque no siempre aceptar); por otro lado, la amplitud de horizontes derivada de mis experiencias en el extranjero que me han dado la perspectiva necesaria para establecer qué cosas se podrían mejorar en España. Pero este fenómeno es como juego doble, similar a un vivir en tierra de nadie. Y es también algo angustioso porque al final de los años uno no sabe muy bien donde pertenece ni por qué no puede disfrutar en un mismo sitio de lo bueno de todos aquellos lugares, ahora patrias también, en los que ha vivido, pues sólo aquel que ha viajado sabe que la perspectiva de viajero, ese privilegio de haber vivido experiencias que habitan en uno pero que en los que no han viajado son realidades inexistentes, es como esas «naves en llamas más allá de Orión» que Rick Deckard jamás logrará ni siquiera imaginar.

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Opinión sobre los resultados electorales de 2011

Aunque me alegro por los votantes del PP, y aunque nunca entenderé la parafernalia fiestera que se monta siempre el vencedor de unas elecciones como si hubiera ganado la lotería, tenido un buen ascenso en el trabajo o estuviera celebrando una despedida de soltero, la primera impresión que tengo después de conocer los resultados del escrutinio de estas Elecciones Generales 2011 es tristeza porque los españoles no hemos querido salir del bipartidismo reinante. Es cierto que el PP ha ganado 17 escaños más que en las Elecciones de 2008 y que el PSOE ha caído al abismo con 44 escaños menos que en 2008, pero si miramos las cifras de la cantidad de votos recibidos, el primero ha ganado sólo 400 000 votos y el segundo ha perdido 3 000 000 votos.

Pero quizá para confirmar este hecho hay que irse a las pequeñas fuerzas políticas, las cuales en puridad, son las ganadoras de estas elecciones debido a su aumento del número de votos con respecto a los comicios de 2008. IU ha pasado de prácticamente 1 millón de votos en 2008 a sobrepasar el millón y medio (de 2 a 11 escaños); CiU obtuvo 800 000 votos en 2008 mientras que en estas elecciones ha conseguido superar el millón (de 11 a 16 escaños); UPyD pasó de los 300 000 al 1 100 000 de votos, un aumento más que considerable (de 1 escaño a 5) y Amaiur, de no tener ninguna representación a conseguir más de 300 000 votos (7 escaños). Si sumamos estos incrementos obtenemos una cifra aproximada de 2 millones de votos que antes estaban repartidos entre el PSOE, el PP y el voto en blanco o nulo.

Y estas son mis conclusiones:

  • A pesar de que el electorado le ha dado al PP en estas Elecciones sólo 400 000 votos más que en los anteriores comicios, esto no le ha impedido a la derecha una aplastante mayoría absoluta y el mayor poder que ha tenido desde los inicios de la democracia, claramente superior al obtenido por Aznar en el año 2000.
  • El PSOE, probablemente debido a la gestión de la crisis y a los recortes, ha obtenido los peores resultados de su historia y su electorado le ha castigado duramente. ¿Habría ocurrido igual si hubiera estado el PP en el poder?
  • El bipartidismo, a pesar de los resultados finales, pierde votos. Si sumamos los votos ganados por el PP y el PSOE en 2008, éstos arrojan la cifra de 21 600 000, mientras que en estas Elecciones es de 17 900 000 votos, una diferencia de casi cuatro millones menos de votos.
  • Obtienen mejor resultado los partidos pequeños, sobre todo IU y UPyD, aunque la división del país en circunscripciones electorales hace muy difícil que estos partidos de alcance nacional consigan una representación justa frente a los partidos nacionalistas, que aunque suelen tener sólo representación en sus respectivas comunidades obtienen menos votos pero más escaños que los primeros mencionados.
  • Por tanto, según nuestra Ley Electoral, tiene más representación en el Congreso un partido que ha obtenido mejor resultado electoral, digamos, en Cataluña únicamente, que el partido cuya la suma total de sus votos es mayor pero no alcanza en ninguna Comunidad Autónoma los necesarios para hacerse con un escaño. Esto no ocurriría si existiera la circunscripción única, es decir, que todos los votos se sumaran y en basa a dicho total se repartieran los escaños.
  • Que no hace falta mucho esfuerzo para ganar unas Elecciones Generales.

El PP va a disfrutar de un poder enorme durante los próximos cuatro años de legislatura y es muy probable que se dedique a legislar siguiendo sus preceptos neoliberales, esos mismos que nos han llevado a todos a esta crisis mundial tan terrible. El PP tiene como modelo muchas políticas similares a las que tienen los republicanos estadounidenses y entre las que se encuentran la privatización de todo aquel sector público que sea rentable: sobre todo el sistema de salud y la educación. Yo todavía no puedo entender cómo es posible que un candidato a la Presidencia de un país que se dice de primer mundo, que lee siempre sus discursos e incluso sus intervenciones en un debate televisado y que no contesta casi nunca claramente a las preguntas de qué va a hacer si gobernara, haya llegado al Gobierno. Sin hacer nada. Repitiendo una y otra vez el mismo mantra de “para crear empleo tenemos que crear empleo”, “para salir de la crisis hay que ser fuertes y salir de la crisis”, etc. O sea que con esta experiencia que nos deja Rajoy hemos comprobado cómo cualquiera puede ganar las elecciones con el mínimo esfuerzo, simplemente cruzando los dedos a la espera de una situación dañina para el país (como esta crisis) y presentarse una y otra vez a las Elecciones hasta que el electorado quede harto del “otro partido”, es decir: esperar y no hacer nada.

Aunque respeto profundamente a los votantes del PP y les felicito por su victoria (¿pero qué es lo que han ganado? ¿salga el partido que salga no nos tendríamos que felicitar todos por vivir en un Estado social y democrático de Derecho que garantiza una serie de derechos y libertades fundamentales?) no me creo que Rajoy ni el PP vaya a gobernar para todos los españoles. Por la sencilla razón de que durante la campaña electoral se ha guardado muy mucho de decir lo que va a hacer en esos temas especialmente espinosos como el matrimonio homosexual, la Ley del tabaco, la eliminación de la Ley de dependencia, la privatización encubierta de la salud y la sanidad que ya está llevando a cabo su propio partido en ciertas Comunidades Autónomas en las que gobierna, y también porque la derecha lleva en su ADN un modelo de gestión en el que no priman nunca las clases sociales más bajas: los trabajadores, los pobres, las familias desarraigadas. ¿Por qué afirmo esto? Pues porque ya han dicho más de una vez (o se les ha colado sin querer) que van a quitar la Ley de dependencia y porque se han dedicado a poner todo tipo de trabas en sus Comunidades para no aplicar dicha ley o aplicarla a medias.

Yo no he votado ni al PP ni al PSOE. Los motivos los he explicado en un artículo anterior. Digo esto porque aquí estoy arremetiendo con el PP por haber ganado las Elecciones y del PSOE no digo mucho, algo que me podría granjear la etiqueta de afín a dicho partido. Nada más lejos de la realidad. Siempre digo lo mismo: un partido que en sus siglas lleva la palabra «obrero» y que dice ser de izquierda y socialista no puede haber aplicado los recortes sociales que ha puesto en marcha. Por mucha presión que hubiera llovido de Berlín o París. Y no hay nada más odioso en este mundo de la política que un partido que traiciona sus ideales y por tanto a todos sus votantes que lo sustentan, como es igual de obsceno que Felipe González, ese obrero socialista, esté montado en el dólar al haber sido nombrado consejero de Gas Natural, lo que le reporta pingües beneficios. En cambio con el PP no encuentro situaciones de traición a ninguno de sus ideales, pues aunque no los expresen en voz alta todos sabemos que son la derecha, y según de quién hablemos, la extrema derecha proveniente del régimen anterior (a las pruebas me remito y las pueden encontrar aquí, aquí, aquí y aquí, por dar sólo unas pocas). Es posible (o no) que Rajoy nos saque de la crisis, pero intuyo que será aplicando la técnica maquiavélica de que el fin justifica los medios: saldremos, pero habiendo pagado un alto precio, un precio que ya empezamos a amortizar con quienes en principio debían hacer lo imposible porque el monto fuera lo más bajo posible: el PSOE. Intuyo que esta coyuntura de crisis, ergo dificultades, será aprovechada por el PP para realizar los primeros pasos de la privatización de sectores como el sistema público de salud y el de enseñanza (ya lo están haciendo a nivel regional). Y ahora con mayor holgura gracias a su aplastante mayoría absoluta. Y esto no beneficia a nadie, absolutamente a nadie. Ni siquiera a los propios votantes del PP de clase media. Porque lo que está ocurriendo es lo que decía ese al que nadie escucha, Llamazares, en el debate a cinco: «vivimos en un estado del medioestar, cuyo futuro pinta aún mucho más negro si la clase política no se pone firme y le reclama la reparación a quienes debe reclamársela. Y no precisamente a los ciudadanos…».

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Y les tocó a los suplentes. Opinión sobre el segundo debate

La responsabilidad del ciudadano ante las Elecciones Generales

Con el correr de los años y la consecuente entrada en la madurez (tengo 34 años), me convenzo más y más de que, independientemente de si es bueno o mal, práctico o absurdo, como ciudadano tengo la obligación de estar al corriente sobre los temas políticos de mi país. El descontento pasivo de la mayoría de nosotros (en el que me incluyo) ante los abusos de la clase política, la inacción de ésta frente a situaciones que precisan de una respuesta clara o ante su decisión de mermar los derechos sociales adquiridos históricamente con tanto esfuerzo, no conduce a otra cosa que no sea a la perpetuación del escenario actual.

Como ciudadanos deberíamos tener la obligación de atender la vida política del país con más interés, de ver los debates electorales aunque su formato y su contenido no nos satisfagan, de leernos los programas electorales de los diferentes partidos aunque sean sólo los puntos sobre las políticas que más nos interesen y aunque estemos convencidos de antemano de a quién queremos votar. Y sobre todo ejercer nuestro derecho de sufragio con una conciencia de responsabilidad. ¿A qué me refiero con esto último? Pues sencillamente a votar en conciencia, no por inercia.

Mientras nuestro sistema electoral y de gobierno sea el que es y mientras los políticos que gobiernan nuestras vidas sean los que son, no nos queda más remedio que aceptar estas reglas del juego. Pero lo importante es, al menos, jugar. Porque si además de quejarnos y de rechazar el sistema actual no participamos en él, ¿qué sentido tiene quejarse? No me refiero a aceptar al sistema de por sí, sino a hacer un uso propio del sistema para cambiarlo. Pues es tarea titánica (por no decir utópica o sencillamente imposible) querer cambiar desde cero un sistema establecido, como es el modelo democrático que tenemos hoy en día, que cambiarlo usando el mismo sistema. Es decir, desde dentro.

En mi anterior comentario abogaba por la necesidad de interrumpir la alternancia en el Gobierno de los partidos PSOE y PP. Pues bien, la única forma de hacerlo es ir a votar el 20N.

El debate a cinco

Para ello es preciso conocer a las demás fuerzas políticas, saber quiénes son sus candidatos y cómo actúan. Y una oportunidad para ello se dio en el debate de ayer en el que participaron, además del PSOE y PP, los representantes de IU, CiU y PNV.

Como siempre que empiezo a ver un debate entre candidatos al Gobierno, lo hago con mucha expectación y termino francamente decepcionado. Pero si soy sincero y justo, tampoco sé muy bien qué es lo que debería ocurrir en dicho debate para que a su término me hubiera quedado una sensación de clara satisfacción. Las promesas de los candidatos son o suelen ser sólo palabras edulcoradas para captar el voto de los indecisos y para reafirmar aquél de los más fieles, pero son sólo eso, palabras cargadas de un claro afán de convicción, no de la intención de llevar a cabo lo que dicen. La habilidad de dejar en evidencia al contrincante nos puede entusiasmar cuando lo hace nuestro candidato, pero esto no significa que siempre tenga razón o esté libre de otras culpas. Que un político tenga una mejor prestancia y oratoria no es garantía de que vaya a realizar un mejor gobierno, etc. Así que, ¿para qué sirve el debate? Pues persistiendo en mi intento de objetividad diría que sólo sirve para ellos, los candidatos, que tienen una oportunidad más para la captación de votos. El votante convencido es difícil que cambie de opinión, el votante hastiado probablemente cambie de canal a la primera y el votante indeciso, quizá una pequeña parte, logre decantarse por uno u otro.

Sin embargo, pienso que la celebración de estos debates son necesarios.

Respecto al debate de ayer, lo primero que me llamó la atención fue la nueva aparición de representantes del PSOE y el PP en las figuras de Ramón Jáuregui y Alberto Ruiz Gallardón, que tuvieron por tanto, como formación política, no sólo el privilegio de un primer debate único y exclusivo entre dos, sino también ayer la posibilidad de aparecer una vez más en los televisores de todos los españoles. No me pareció justo el debate del lunes ni tampoco me pareció bien que ayer asistieran al segundo debate. Este detalle, uno más de muchos, me hace reafirmarme en que nuestra democracia tiene aún mucho que recorrer para ser una democracia plena. No nos vendría mal mirar de vez en cuando fuera para ver cómo lo hacen en otros países, como Noruega, donde al parecer los debates se realizan con todos los candidatos de los principales partidos.

Los candidatos

De lo ocurrido ayer destacaría nuevamente la vehemencia y la excesiva gesticulación de Ramón Jáuregui, aspectos que me recordaban al aparente nerviosismo de Rubalcaba ante Rajoy. Aunque Jáuregui me resultó uno de los mejores oradores de los cinco que se sentaban a la mesa, me parece que a veces hablaba con demasiada energía, dando la sensación de estar a la defensiva e incluso perdiendo el control como cuando se le escapó una frase en la que afirmaba explícitamente que el PP ganaría las elecciones.

Gallardón estuvo sólido como un bloque de hormigón, quizá demasiado hierático, rígido, excesivamente monótono en la articulación. Me pareció que fue el que mejor dominó los nervios y el que supo manejar la tensión del momento con más calma.

Respecto al señor Pere Macias (CiU), me resultó difícil de entender en buena parte de su intervención debido a su pobre vocalización. Fue quien más tiró para su terreno en la contienda del debate, sacando una batería de temas que no fueron replicados por sus contrincantes, dejándolo así en cierta forma marginado.

Josu Erkoreka (PNV) fue, a mi juicio, quien mostró poseer la mejor oratoria, quien argumentó con ideas precisas y bien construidas y quien entró al trapo de los argumentos contrarios con mayor afán de debatir.

Gaspar Llamazares (IU) fue el que habló sin pelos en la lengua, una estrategia que podría ser más efectiva en otros escenarios, pero que creo que en el debate de ayer le sirvió para granjearse (una vez más) la etiqueta de «radical cabreado». A su favor diría que fue el único que tocó la esencia del problema de recuperación de la crisis en España, es decir, la aplicación de medidas restrictivas de ajuste para el grueso de la población frente a las inexistentes medidas que se han diseñado para los pudientes. En su contra debo decir que se le notaba enfadado (probablemente por el poco caso que recibe él y su partido en los medios de comunicación y por el castigo al que es sometida su fuerza política con la actual Ley Electoral), pues en muchas ocasiones las cámaras le sacaban mirando al techo, con los brazos cruzados o resoplando.

Para terminar me gustaría comentar que a pesar de tratarse de un debate a cinco yo echo de menos que no se hubiera invitado a los representantes de los partidos del Grupo Mixto (y sí de nuevo al PSOE y al PP). Pero sobre todo, la parte más lamentable la protagonizó, a mi juicio, el tono cabreado y de chulería de Rosa Díez. Ah, y sus chiringuitos.

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Mi opinión sobre el debate (inexistente)

Necesidad de aire fresco

Para empezar tengo que decir que no hubo debate. Pero en el sentido amplio de la expresión. Y no lo hubo porque sólo vimos a dos candidatos de los muchos que se presentan a estas Elecciones Generales. Faltaron al menos los candidatos de IU, UPyD y de los partidos nacionalistas.

Por lo tanto, para mí lo de ayer fue la puesta en práctica de uno más de los privilegios con los que cuentan el PSOE y el PP. Opino que con este tipo de escenificaciones lo único que conseguimos es perpetuar la idea en el subconsciente de que las los fuerzas políticas que pueden gobernar en nuestro país son sólo estos dos partidos. Y es curioso, porque el que tenga un par de dedos de frente sabe que el poder corrompe y que aunque estos dos partidos se alternen cada cuatro u ocho años en el poder, no hay instante en el que no lo ostenten, ya sea a nivel nacional, a nivel regional o municipal.

«Pero esto es lo que votan los ciudadanos», me increparán algunos. Y tienen razón, no lo puedo negar. Es lo que votamos, es la voluntad política del pueblo. Pero creo que es importante resaltar que de esta perpetuación ya se encargan estos partidos introduciendo en el subconsciente de las personas la certeza de que son la única alternativa posible. Y nada más lejos de la realidad. El poder corrompe y distorsiona las voluntades más fuertes y por eso creo que es necesario que entre aire fresco en la Moncloa; por sanidad democrática y por justicia, porque al final hemos comprobado que tanto el PSOE como el PP son caras de la misma moneda, partidos con demasiado poder e influencias y por tanto susceptibles de ser comidos por el poder y de ser influenciados por los poderes fácticos.

Sangre nueva en la Moncloa provocaría una profunda reestructuración en los mecanismos de actuación tanto a nivel interno como de cara a las políticas internacionales. Y esta imprevisibilidad podría permitir mayor libertad de actuación política a ese gobierno de nuevo signo, ya que no estaría atado a ninguno de los compromisos de los anteriores.

El debate que no fue

Dicho esto, vamos al tema. Lo de ayer fue un spot publicitario o un intento de spot publicitario para el PSOE y el PP, porque excluyeron la posibilidad real de que los ciudadanos presenciaran un debate de verdad, pues para que hubiera habido un debate real habrían sido necesarios los siguientes elementos:

  1. Más candidatos al Gobierno, es decir, representación de más fuerzas políticas, al menos las que he citado arriba porque son las fuerzas que tienen representación habitual en la Cámara.
  2. Ánimo de responder a los estímulos del candidato contrario.
  3. Ánimo de debatir, o sea, de entrar al trapo, de que cada candidato argumentara y defendiera su programa electoral.

Lo de ayer fue una pantomima en la que Rajoy intentó sortear los momentos incómodos sin aportar ni ofrecer a los ciudadanos ninguna explicación ni anunciar prácticamente ninguna intención (vamos, sin mojarse) y en la que Rubalcaba disparaba a la desesperada para ver si podía pillar a su contrincante en algún renuncio, sorteando a su vez los momentos incómodos en los que Rajoy le mencionaba su gestión en el Gobierno saliente. Eso fue todo. Aunque si echamos la vista atrás y recordamos los debates pasados, la verdad es que hay que reconocer que éste me pareció más civilizado, dando tiempo a los oradores a plantear sus «monólogos» con mayor comodidad y no siendo interrumpidos constantemente por un molesto temporizador. Por lo tanto, el formato planteado me pareció bastante correcto, no así el uso que se dio de él con la ausencia premeditada de los demás candidatos.

Sobre Rubalcaba

Me parece que tiene más categoría y profundidad como político que Rajoy por el simple hecho de que argumenta y razona con rapidez, es ágil con la palabra y sobre todo porque no lee sus intervenciones. No me gustó, aunque estuviera permitido por las reglas del debate, que interrumpiera a Rajoy en algunos momentos de sus intervenciones. Esto es algo que siempre me ha molestado tanto cuando me lo hacen a mí como cuando veo que se lo hacen a los demás. Como detalle menor tampoco me pareció apropiado su excesiva gesticulación, algo que ofrecía la imagen de estar nervioso, ni la insistencia de hacernos ver un gráfico cuando su turno de palabra había finalizado.

Sobre Rajoy

Me pareció mucho más preparado esta vez que en la anterior con Zapatero, mucho más calmado y con una capacidad de respuesta medidamente más mordaz y resistente. Lo que no quiere decir que me gustara su intervención. Se mantuvo a verlas venir, a tirar balones fuera y a seguir con la línea de ambigüedad que le caracteriza. Cometió errores que no le pasarán factura porque tiene todo el camino hecho ya, pero que dicen mucho de él como persona y como profesional de la política: equivocar el nombre de su contrincante hasta en tres veces y leer constantemente sus apuntes incluso en la última intervención en la que se dirigía a la cámara.

Conclusión

Ya lo he dicho. Independientemente de lo que digan las encuestas y de que los pronósticos den como ganador a Rajoy, no me ha parecido un debate para decidir al próximo presidente del Gobierno. Me ha resultado interesante de manera aislada, para conocer a los candidatos bajo un entorno de presión, para comprobar quién habla mejor, quién tiene mejor porte, quien se defiende mejor, quien reacciona mejor a situaciones imprevisibles, etc. (todas esas cosas que luego, cuando están en la Moncloa no valen realmente para nada). También para constatar nuevamente que la Democracia española deja mucho que desear al dejar fuera de la arena del debate a las demás fuerzas políticas que por justicia deberían haber estado ahí. Los ciudadanos tenemos derecho de conocer la opinión de los demás candidatos en las mismas condiciones que los partidos llamados mayoritarios, tan esforzados en dar una imagen de exclusividad. Es a esto precisamente a lo que me refiero cuando digo que los partidos que conforman el bipartidismo se encargan de inculcar en el subconsciente de los ciudadanos que la única vía posible por la que pasa el futuro de España es por la que marca el PSOE y el PP.

Aunque personalmente no tengo duda de que Rubalcaba estuvo por encima de Rajoy en el debate, el 20N iré a votar, pero no lo haré por ninguno de los dos. Es hora de que corra aire fresco en la Moncloa.

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Regreso a España, regreso al país de Fernando VII

«Aquí no hay más que chulos y señoritos juerguistas. El chulo domina desde los Pirineos hasta Cádiz…; políticos, militares, profesores, curas, todos son chulos con un yo hipertrofiado […] Cuando estoy fuera de España quiero convencerme de que nuestro país no está muerto para la civilización; que aquí se discurre y se piensa, pero cojo un periódico español y me da asco; no habla más que de políticos y de toreros.»

El árbol de la ciencia, Pío Baroja 1911

Pues sí, dentro de un par de semanas acaba una etapa importante de mi vida: regreso a España para quedarme definitivamente. Es cierto que alguien como yo, pronto para hacer las maletas y para subirse a un avión y con un trabajo que le permite la movilidad no conoce el concepto de «residencia definitiva», por lo que es posible que en un tiempo indeterminado me vea de nuevo en un avión con dirección quién sabe adónde. Pero esto sólo ocurrirá en un caso extremo, es decir, si por los motivos que fueren mi esposa y yo no conseguimos hacernos un hueco en la sociedad española; si ella no consigue un trabajo que cumpla con sus expectativas en un tiempo razonable; si los papeles de residencia y trabajo llegan relativamente pronto y sin complicaciones; si el nivel de vida español con esos sueldos de chiste y esos precios «escandinavos» de las cosas y de los servicios nos permiten llevar una vida modesta, pero tranquila. Queremos llegar a España para ser felices. ¿Lo conseguiremos?

Quiero ser positivo, pero la verdad es que tengo mis serias reservas. La situación en España no puede ser menos halagüeña. De hecho, desde que tengo uso de razón, creo que mi país vive el peor momento de su historia reciente (y de la mía, pues tengo 33 años, es decir, soy hijo de la Democracia). Ahora España se encuentra en el punto de mira de las agencias de calificación, del FMI, del Banco Central Europeo, de los comentarios en materia de recortes y ajustes en las políticas sociales y su inesperada y firme reacción de gran parte de la ciudadanía con los actos del 15M, de las noticias sobre la prima de riesgo y la deuda pública y fue mencionada en el reciente pronóstico de Obama que afirmaba que la caída por el precipicio, es decir, la nueva crisis, empezaría por España.

Todas estas cuestiones que acabo de mencionar son, al fin y al cabo, problemas motivados en gran medida por agentes externos. Lo que más me preocupa es la salud mental de nuestra clase política, que me da la sensación de que se ha agravado en los últimos años. España malvive inmersa en ataques a la sanidad y a la educación, y en la típica vorágine previa a las elecciones generales, una parte del país teme que cuando el PP llegue al gobierno, éste se dedique a deslegislar lo legislado en plan revancha, poniendo en su punto de mira cuestiones tales como el matrimonio homosexual, la Ley de memoria histórica, el impuesto de patrimonio, entre otros asuntos.

Me preocupa que en mi país vaya a gobernar un partido sumido en tantos y graves casos de corrupción. Pero si soy justo, también me preocupa mucho esta legislatura de Zapatero, en la que como ciudadano he sentido más y mejor que nunca como mi presidente es un pelele a manos de los mercados, las agencias de rating, los gobiernos jefe de la Unión Europea, los bancos y los lobbys de presión. Pero es distinto ver las cosas desde el otro lado de la barrera. Yo he contemplado el trascurso de la vida política, social y pública en general desde la distancia de un país extranjero, algo que me ha ayudado a sacar a veces mejores conclusiones y a veces sentir la indiferencia ante cuestiones importantes porque «como estoy lejos no me atañen». Ahora estoy a punto de aterrizar en España para quedarme y todo lo que ha cambiado para bien y para mal durante estos años míos en el extranjero me afectará directamente.

El que haya estudiado un poco de historia sabrá que estos rifirrafes políticos que tan a menudo tan fácil se transfieren a las barras de bar, esta actitud endémica de enfrentamiento y revanchismo y odio barato que huelo a todos lo niveles, desde la misma clase política que los alienta hasta en las conversaciones entre ciudadanos de a pie, son una especie de tradición que viene de antiguo. Yo no soy historiador ni historiógrafo, pero he leído algunas cosas muy interesantes de la historia de España y una de ellas y que viene mucho a cuento es que no me puedo olvidar de Fernando VII. Fue con este rey infame y cobarde y traidor (el Rey Felón, como lo llamaban), que destronó a su propio padre el rey Carlos IV, vivió un exilio forzado pero lleno de todo lujo mientras los franceses arrasaban el país y coqueteó con la idea de unirse a Napoleón, a quien le hacía descaradamente la pelota, cuando comenzó una etapa en la historia de España que en cierta medida aún sigue vigente: la polarización del país en dos bandos enfrentados e irreconciliables, es decir, progresistas y liberales. Cuando en 1814 el pueblo español, después de un tremendo sacrificio de vidas humanas y sufrimiento, terminó de hacer el trabajo sucio que atañía al mismo rey Fernando VII expulsando a los franceses de manera definitiva, y tras un alarde de progreso aprobó una de las constituciones más aclamadas de la historia de España como es la Constitución de 1812, el rey infame regresó de su exilio regio, se volvió a encaramar en el trono, abolió la Constitución de 1812 y reinstauró el Absolutismo. Es decir, que mientras toda Europa comenzaba a deshacerse de las rancias capas de marta y armiño, de las agobiantes golas y de los cetros regios de pesado oro y aprobaba la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, constituía poco a poco estados basados en asambleas y daba carpetazo definitivo al mundo feudal, España daba un giro de 180º para sumergirse nuevamente en ese mundo autoritario rancio y de férrea jerarquía horizontal.

Por las consecuencias que esto acarreó se puede decir que ésta es una de las etapas más tristes de la historia de España. Justo en el momento en el que el pueblo tenía la oportunidad de, al igual que Francia, sentar las bases de un estado más justo, llegó Fernando VII para echarlo todo por tierra. Mientras que gran parte de las monarquías absolutistas de Europa desaparecían o permitían la constitución de parlamentos en los que se tomaban de manera democrática las decisiones importantes del país, España volvió a las sombras del Absolutismo y se encerró en una especie de urna de cristal opaco de la que, creo, aún no hemos salido. Fernando VII fue quien inició un proceso de retrotraimiento del que estoy convencido aún persisten ciertos elementos. ¿Qué ocurrió después del Rey Felón? Pues que a su decisión de volver al pasado hay que añadirle un nuevo ingrediente: ciertos sectores de la sociedad española, los liberales, había sentido ya la ilusión de ver aplicadas sus ideologías con la Constitución de 1812, que, repito, fue una de las más avanzadas y equilibradas de la historia. Entre ellos también se encontraban todos aquellos que habían luchado contra los franceses, que es lo mismo que decir contra el imperialismo de Napoleón y por ende contra todo aquello que tenía cierto tufo monárquico. Es decir, empezó a haber gente firmemente opuesta a la corona; es más, que estaba convencida de que el mundo podía ser infinitamente mejor sin ella. Con Fernando VII se gesta el germen de la política bipolar, la de las dos Españas, con los enfrentamientos entre conservadores y liberales. ¿Nos va sonando el tema? Si seguimos repasando la historia y avanzamos década a década por el siglo XIX comprobamos cómo el Absolutismo comienza a suavizarse hasta desaparecer, pero para ello hay que llegar casi hasta finales de dicho siglo y hay que tener en cuenta que durante ese lento proceso se desarrollan tres guerras civiles, las llamadas Guerras Carlistas, en las que se enfrentan los promonárquicos, es decir, los carlistas, contra los liberales, los que apoyaban a Isabel II. Curiosidades de la historia, Isabel II era hija de Fernando VII y aún con todo, fue quien estaba a favor de ceder poder monárquico a una asamblea constituyente. La última mitad del siglo XIX no es otra cosa que la alternancia de gobiernos conservadores y liberales en los que los unos deshacían siempre lo que los otros hacía durante su período legislativo. Esto ya sí que nos tiene que resultar conocido.

Con el permiso de los especialistas en la materia, casi me atrevería a decir que estos ciclos repetitivos y absurdos llegan hasta la Guerra Civil, con lo que estamos hablando de más de un siglo de enfrentamientos irracionales y gratuitos que no hicieron más que ahondar en el odio al que no es de los míos, en la creación de fuertes sentimientos de filiación irrazonables que, además, gracias a la Guerra Civil y al período de Dictadura Franquista no sólo subsisten hasta hoy, sino que penetrado aún más profundamente en los sentimientos de las gentes, en el acervo nacional.

Es curioso que aunque España como país lleva siglos constituido en la demarcación territorial que conocemos no está más unida en las mentes de sus ciudadanos que por ejemplo la Italia que lleva unida desde hace tan sólo 150 años (su unificación fue en 1861). El ejemplo de Italia es útil porque el que conoce un poco de su historia sabe que este país ha estado ocupado a lo largo de los siglos innumerables veces y por tiempos prolongados (por los españoles incluso), y que actualmente, las diferencias de mentalidad, lingüísticas, de costumbres y hasta culinarias permiten afirmar que se trata de uno de los países unificados más heterogéneos. Un italiano del norte tiene más en común con un suizo, un francés o un austriaco que con un italiano ya no sólo del sur, sino del centro.

Yo, como español, me atrevo a afirmar que actualmente en la cabeza de los españoles no tenemos ese sentimiento de pertenencia a una única nación rica y diversa, y la culpa es en gran parte de los políticos, que desde sus atriles llevan demasiado tiempo alentando un enfrentamiento dialéctico que ha calado en los ciudadanos. Un enfrentamiento motivado por la captación de adeptos a su causa, por la intención de fidelizar a su hinchada, por las ansias de convencer al indeciso de que su posición es la correcta y no sólo por eso, sino porque pretenden convencer de que la posición del contrincante político está viciada, es insuficiente, errónea e incluso peligrosa.

Después de muchos años en el extranjero estoy a punto de regresar a España de manera definitiva y en lugar de sentir la emoción y la alegría típicas del regreso a casa lo primero que me viene a la cabeza al saber cómo está España es la imagen Fernando VII y todo lo que representa. La verdad es que siento una profunda inquietud por lo que me vaya a deparar el futuro a mí y a mis conciudadanos allí.

*** Adenda ***

Fernando VII pintado por Goya

Fernando VII pintado por Goya

De la Wikipedia:

Llano en el trato, Fernando VII era un hombre inteligente y astuto, que llegó a traducir del francés la Historia de las Revoluciones de la República Romana, del abad René de Vertot. Tenía no obstante poca curiosidad y escasa altura de pensamiento. Todos los que lo conocieron certificaron su falacia, doblez, cobardía y falta de interés por los asuntos de Estado, que prefería abandonar en sus ministros. Sumamente introvertido, hablaba y reía poco; si acaso, y como por excepción, para dejar de manifiesto su humor cruel. Sus aficiones eran de lo más mundano y prefería rodearse de gente ordinaria y vulgar. Su mayor pasión eran los toros. Pese a todo, era un hombre cultivado, amante de la música y el teatro, aficionado a la lectura y hábil guitarrista.

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